Santo Evangelio Junio 17, 2014El amor a los enemigos
Mateo 5, 43-48.
Tiempo Ordinario.
Todos los días me encuentro con una multitud de personas y con la oportunidad de amar a ejemplo de Cristo.
Del santo Evangelio san Mateo 5, 43-48
En aquellos días dijo Jesús: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.
Oración introductoria
Nadie es perfecto en este mundo, y sin embargo, Señor y Padre mío, hoy me llamas a la santidad. Dame tu gracia y presencia en esta oración para comprender y vivir el mandato de tu amor. Incrementa mi fe, mi esperanza y mi caridad. Te pido tu ayuda para cumplir en todo tu voluntad.
Petición
Jesús, aviva mi deseo, mi anhelo de alcanzar, con tu gracia, la santidad.
Meditación del Papa Francisco
Seguir a Jesús no es fácil, no es fácil. Pero tampoco es difícil, porque en el camino del amor el Señor hace las cosas de una manera que podamos avanzar; el mismo Señor nos ensancha el corazón.
Ante estas propuestas de la bofetada, del manto, de los cien kilómetros debemos orar al Señor para que amplíe nuestro corazón, para que seamos magnánimos, humildes y no luchemos por las cosas pequeñas, por la ‘nada’ de todos los días. Cuando uno hace una opción por la "nada", de aquella opción nacen los enfrentamientos en una familia, en la amistad, con los amigos, en la sociedad, también; ¡los enfrentamientos que acaban con la guerra por la "nada"! La "nada" es la semilla de la guerra, siempre. Porque es la semilla del egoísmo. El "todo" es lo grande, es Jesús. Pidamos al Señor que ensanche nuestro corazón, que nos haga humildes, mansos y magnánimos, para que tengamos el "todo" en Él; y que nos libre de hacer problemas cotidianos en torno a la ‘nada’… (Cf. S.S. Francisco, 17 de junio de 2013, homilía en Santa Marta). .
Reflexión
Amar a todos. Amar a ejemplo del Señor. Este es el resumen del mensaje que Cristo ha traído al mundo. Cristo nos pone primero el ejemplo de su Padre que hace el bien sobre buenos y malos.
Cristo mismo desde la cruz me enseña el valor redentor del amor. Más aún, todos los días en cualquier sagrario el amor de Cristo, hecho pan, está presente para ser consuelo de justos y pecadores.
Ciertamente no podemos quedar indiferentes ante la magnitud del amor de Cristo. Tomemos su invitación, hagámosla nuestra: "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". ¡Qué gran invitación! Encierra, en pocas palabras, el camino de la santidad, de nuestra salvación, la forma para acercarse a Dios.
Pero, ¿cómo ser santo hoy, en mi sociedad? ¿cómo llegar a Dios en el ambiente en que vivo? La forma más fácil es imitando al mismo Dios que es amor (1Jn 4, 8). Amando como auténtico cristiano a mi prójimo que es el vecino, el compañero de estudios o trabajo, el empleado de limpieza con el que me encuentro, etc.
Todos los días me encuentro con una multitud de prójimos y con la oportunidad de amar a ejemplo del Señor y empezar o continuar el camino de la santidad.
Propósito
Que mi programa de vida sea hacer la voluntad de Dios.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, quiero ser un reflejo de Ti. Dame la sabiduría y la fuerza de voluntad para perseverar en mi esfuerzo. El medio es claro, «amar», pero concretarlo en el día a día, es lo difícil. Concédeme saber aprovechar tus gracias y ser dócil a tu Espíritu Santo, así podré hacer el bien a todos los que me rodean, especialmente a mi familia.
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Una sociedad de hermanosMartes de la semana 11 del tiempo ordinario
“Dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. (Mt 5,43-48)
¿No te llama la atención este Evangelio?
Porque yo me pregunto: ¿por qué tiene que haber enemigos?
En aquel entonces “enemigo” era todo el que no pertenecía al pueblo de Dios.
Hoy el concepto de enemigo es mucho más amplio.
Enemigo puede ser el que tengo en mi casa.
Enemigo puede ser mi vecino.
Enemigo puedes ser tú.
Enemigo puedo ser yo.
Enemigo puede ser cualquiera.
Pero yo me pregunto: ¿por qué en una sociedad humana tiene que haber enemigos?
¿Quién es de verdad mi enemigo?
El enemigo ¿existe en mi mente o existe en la realidad?
Si hay enemigos tengo que reconocer que también yo soy, de alguna manera, enemigo de alguien.
¿También yo soy enemigo? Enemigo ¿de quién o de quiénes?
Benedicto XVI escribe “El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que los pueblos se reconozcan como parte de una familia” (CV 53)
Si la humanidad es una familia y todos somos parte de esa familia ¿cómo puede haber enemigos, cuando todos somos hijos y hermanos?
Y sin embargo, todos hablamos de enemigos, como de aquellos que:
Que no me quieren.
Que no me aman.
Que me quieren mal.
Que me han hecho daño.
Que me quieren hacer daño.
Que no me tragan o no los trago.
Una sociedad de enemigos es:
Una sociedad dividida.
Una sociedad enemistada.
Una sociedad fracturada.
Una sociedad en la que todos somos un peligro para los demás.
Una sociedad en la que todos vivimos defendiéndonos los unos de los otros.
Y esta no es una sociedad, ni una humanidad “familia”.
Hablar de amar a los enemigos es el gran ideal de las bienaventuranzas.
Pero la verdadera bienaventuranza sería un mundo y una sociedad sin enemigos, sino una sociedad de hermanos.
Sin embargo, tenemos que reconocerlo, los enemigos abundan. Y eso es lo triste.
Nada más doloroso que los hermanos “enemistados”.
Nada más doloroso que los hermanos que “no se hablan”.
Nada más doloroso que los hermanos que “se odian”.
Nada más doloroso que los hermanos “se matan”, “se roban”.
Y sin embargo, el ideal del Evangelio sigue siendo “el amor” y no “el odio”.
Todos somos “familia de Dios”.
Y Dios ama a todos, buenos y malos.
Y como creyente estoy llamado a amar como Dios ama.
Mi amor no puede excluir a nadie.
Mi amor no puede marginar a nadie.
Mi amor tiene que abrazar a todos.
También a los que me han hecho daño.
No me pide que mis sentimientos sicológicos cambien, porque la “gracia no destruye la naturaleza”.
No me pide que todos sean mis amigos íntimos.
Pero sí me pide que todos sean mis hermanos.
No me pide que sicológicamente no me duelan las ofensas.
Ni me pide que con todos tengan los mismos sentimientos de afecto y confianza.
Pero sí me pide que a todos los lleve en mi corazón.
Puede que la herida sangre, pero el amor al que me hirió termina cicatrizándola.
Amar a los que me aman es convertir el amor en moneda de pago.
Amar a los que no me aman o incluso son “mis enemigos”, es llenar mi corazón de gratuidad.
Amar a los que no me aman es compartir un pedacito del corazón de Dios que “ama a malos y buenos”, “llueve a justos e injustos”.
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