EVANGELIO Y COMENTARIO DE HOY LUNES 16 DE JUNIO 2014

Día litúrgico: Lunes XI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,38-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda».

Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Pues yo os digo: no resistáis al mal
Hoy, Jesús nos enseña que el odio se supera en el perdón. La ley del talión era un progreso, pues limitaba el derecho de venganza a una justa proporción: sólo puedes hacer al prójimo lo que él te ha hecho a ti, de lo contrario cometerías una injusticia; esto es lo que significa el aforismo de «ojo por ojo, diente por diente». Aun así, era un progreso limitado, ya que Jesucristo en el Evangelio afirma la necesidad de superar la venganza con el amor; así lo expresó Él mismo cuando, en la Cruz, intercedió por sus verdugos: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

No obstante, el perdón debe acompañarse con la verdad. No perdonamos tan sólo porque nos vemos impotentes o acomplejados. A menudo se ha confundido la expresión “poner la otra mejilla” con la idea de la renuncia a nuestros derechos legítimos. No es eso. Poner la otra mejilla quiere decir denunciar e interpelar a quien lo ha hecho, con un gesto pacífico pero decidido, la injusticia que ha cometido; es como decirle: «Me has pegado en una mejilla, ¿qué, quieres pegarme también en la otra?, ¿te parece bien tu proceder?». Jesús respondió con serenidad al criado insolente del sumo sacerdote: «Si he hablado mal, demuéstrame en qué, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).

Vemos, pues, cuál debe ser la conducta del cristiano: no buscar revancha, pero sí mantenerse firme; estar abierto al perdón y decir las cosas claramente. Ciertamente no es un arte fácil, pero es el único modo de frenar la violencia y manifestar la gracia divina a un mundo a menudo carente de gracia. San Basilio nos aconseja: «Haced caso y olvidaréis las injurias y agravios que os vengan del prójimo. Podréis ver los nombres diversos que tendréis uno y otro; a él lo llamarán colérico y violento, y a vosotros mansos y pacíficos. Él se arrepentirá un día de su violencia, y vosotros no os arrepentiréis nunca de vuestra mansedumbre».


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La mansedumbre señal de un corazón bueno

Lunes de la semana 11 del tiempo ordinario

“Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia, al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”… (Mt 5,38-42)
“Me las haces y me las pagas” ¿no es ese el sentimiento que todos llevamos dentro?
La venganza, por mal que suene, es algo que tiene unas raíces demasiado profundas en el corazón humano.
Y hasta nos atrevemos a justificarla con sentimientos de dignidad y hasta de justicia.
Y hasta se nos ha inculcado desde niños, algo así como para que demostrásemos nuestra valentía. “Hijo, defiéndete, no te dejes”, “demuestra que eres hombre”.

Eso era también un principio de la Ley del Antiguo Testamento.
Pero eso no va con el mensaje de Jesús en las Bienaventuranzas.
“Dichosos los mansos de corazón”.
“Dichos y felices cuando os persigan o hablen mal de vosotros por mi causa”.
Y fue la praxis de Jesús:
Cuando Pedro desenvaina su espada, recibe una reprimenda de Jesús.
Cuando Jesús es acusado, él calla, guarda silencio.

El amor no es vengativo.
El amor no responde con desamor.
El amor no hiere a nadie.
El amor es capaz de amar al que te ofende.
El amor lo perdona todo.
El amor nos pone por encima de los que nos ofenden.

El que mata muere antes que aquel a quien ha matado.
Porque el corazón del que mata ya está muerto antes de que mate.
La famosa ley de talión queda superada por la ley del amor.

Los problemas, para el Jesús de las bienaventuranzas, no se solucionan:
Con la violencia que engendra más violencia.
Con la venganza que engendra más venganza.
Con el “me das y te doy”.
Porque la venganza nos hace semejantes a los que nos hieren.
Porque la venganza nos pone a la misma altura del que nos ofenden.

No se trata de poner físicamente la otra mejilla.
Sino de decirle al otro:
Me hieres, pero a pesar de todo, yo te sigo amando.
Me golpeas, pero a pesar de todo, yo te sigo queriendo.
Me abofeteas, sin embargo, yo soy capaz de sonreírte.
Hablas mal de mí, pues yo, a pesar de todo, soy capaz de hablar bien de ti.
Murmuras de mí, pues yo, a pesar de todo, soy capaz de alabarte ante los otros.
Me calumnias, pues, yo, aún así, son capaz de perdonarte.

El mundo vive con demasiada violencia.
Es la violencia de los pueblos.
Es la violencia de las distintas etnias.
Es la violencia de las distintas culturas.
Es la violencia de las distintas clases sociales.
Es la violencia de sentirnos superiores y humillamos a los de abajo.
Es la violencia que brota del ansia de tener más, lo mío y lo tuyo.
Es la violencia que se trata de camuflar bajo el principio de “propia defensa”.

Y la violencia crea enemistades.
La violencia divide a las personas.
La violencia divide a los pueblos.
La violencia divide incluso a los partidarios de este o aquel equipo.
La violencia divide hasta a las mismas religiones.

La mansedumbre, en cambio, une a las personas.
La mansedumbre evita las peleas entre unos y otros.
La mansedumbre hace fácil la convivencia.
La mansedumbre evita las guerras.
La mansedumbre no es señal de cobardía.
La mansedumbre no es señal de humillación.
La mansedumbre no es señal de ser menos que los demás.

La mansedumbre es señal de un corazón que ama, por encima de todo.
La mansedumbre es señal de un corazón sano.
La mansedumbre es la señal de un corazón bueno.
La mansedumbre es la señal de un corazón como el de Dios.
“Sed mansos y humildes de corazón”.

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