Evangelio y Comentario de hoy Jueves 19 de Junio 2014

Día litúrgico: Jueves XI del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 6,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.
»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
Comentario: Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach (Vilamarí, Girona, España)
Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial
Hoy, Jesús nos propone un ideal grande y difícil: el perdón de las ofensas. Y establece una medida muy razonable: la nuestra: «Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15). En otro lugar había mostrado la regla de oro de la convivencia humana: «Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros» (Mt 7,12).

Queremos que Dios nos perdone y que los demás también lo hagan; pero nosotros nos resistimos a hacerlo. Cuesta pedir perdón; pero darlo todavía cuesta más. Si fuéramos humildes de veras, no nos sería tan difícil; pero el orgullo nos lo hace trabajoso. Por eso podemos establecer la siguiente ecuación: a mayor humildad, mayor facilidad; a mayor orgullo, mayor dificultad. Esto te dará una pista para conocer tu grado de humildad.

Acabada la guerra civil española (año 1939), unos sacerdotes excautivos celebraron una Misa de acción de gracias en la iglesia de Els Omells. El celebrante, tras las palabras del Padrenuestro «perdona nuestras ofensas», se quedó parado y no podía continuar. No se veía con ánimos de perdonar a quienes les habían hecho padecer tanto allí mismo en un campo de trabajos forzados. Pasados unos instantes, en medio de un silencio que se podía cortar, retomó la oración: «así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Después se preguntaron cuál había sido la mejor homilía. Todos estuvieron de acuerdo: la del silencio del celebrante cuando rezaba el Padrenuestro. Cuesta, pero es posible con la ayuda del Señor.

Además, el perdón que Dios nos da es total, llega hasta el olvido. Marginamos muy pronto los favores, pero las ofensas... Si los matrimonios las supieran olvidar, se evitarían y se podrían solucionar muchos dramas familiares.

Que la Madre de misericordia nos ayude a comprender a los otros y a perdonarlos generosamente
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Una sociedad de hermanos

¿No te llama la atención este Evangelio?
Porque yo me pregunto: ¿por qué tiene que haber enemigos?
En aquel entonces “enemigo” era todo el que no pertenecía al pueblo de Dios.
Hoy el concepto de enemigo es mucho más amplio.
Enemigo puede ser el que tengo en mi casa.
Enemigo puede ser mi vecino.
Enemigo puedes ser tú.
Enemigo puedo ser yo.
Enemigo puede ser cualquiera.

Pero yo me pregunto: ¿por qué en una sociedad humana tiene que haber enemigos?
¿Quién es de verdad mi enemigo?
El enemigo ¿existe en mi mente o existe en la realidad?
Si hay enemigos tengo que reconocer que también yo soy, de alguna manera, enemigo de alguien.
¿También yo soy enemigo? Enemigo ¿de quién o de quiénes?

Benedicto XVI escribe “El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que los pueblos se reconozcan como parte de una familia” (CV 53)
Si la humanidad es una familia y todos somos parte de esa familia ¿cómo puede haber enemigos, cuando todos somos hijos y hermanos?

Y sin embargo, todos hablamos de enemigos, como de aquellos que:
Que no me quieren.
Que no me aman.
Que me quieren mal.
Que me han hecho daño.
Que me quieren hacer daño.
Que no me tragan o no los trago.

Una sociedad de enemigos es:
Una sociedad dividida.
Una sociedad enemistada.
Una sociedad fracturada.
Una sociedad en la que todos somos un peligro para los demás.
Una sociedad en la que todos vivimos defendiéndonos los unos de los otros.

Y esta no es una sociedad, ni una humanidad “familia”.
Hablar de amar a los enemigos es el gran ideal de las bienaventuranzas.
Pero la verdadera bienaventuranza sería un mundo y una sociedad sin enemigos, sino una sociedad de hermanos.
Sin embargo, tenemos que reconocerlo, los enemigos abundan. Y eso es lo triste.
Nada más doloroso que los hermanos “enemistados”.
Nada más doloroso que los hermanos que “no se hablan”.
Nada más doloroso que los hermanos que “se odian”.
Nada más doloroso que los hermanos “se matan”, “se roban”.

Y sin embargo, el ideal del Evangelio sigue siendo “el amor” y no “el odio”.
Todos somos “familia de Dios”.
Y Dios ama a todos, buenos y malos.
Y como creyente estoy llamado a amar como Dios ama.
Mi amor no puede excluir a nadie.
Mi amor no puede marginar a nadie.
Mi amor tiene que abrazar a todos.
También a los que me han hecho daño.

No me pide que mis sentimientos sicológicos cambien, porque la “gracia no destruye la naturaleza”.
No me pide que todos sean mis amigos íntimos.
Pero sí me pide que todos sean mis hermanos.
No me pide que sicológicamente no me duelan las ofensas.
Ni me pide que con todos tengan los mismos sentimientos de afecto y confianza.
Pero sí me pide que a todos los lleve en mi corazón.
Puede que la herida sangre, pero el amor al que me hirió termina cicatrizándola.

Amar a los que me aman es convertir el amor en moneda de pago.
Amar a los que no me aman o incluso son “mis enemigos”, es llenar mi corazón de gratuidad.
Amar a los que no me aman es compartir un pedacito del corazón de Dios que “ama a malos y buenos”, “llueve a justos e injustos”.