Evangelio y Comentario de hoy Viernes 05 de Seotiembre 2014

Día litúrgico: Viernes XXII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 5,33-39): En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Comentario: Rev. D. Frederic RÀFOLS i Vidal (Barcelona, España)

¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?

Hoy, en nuestra reflexión sobre el Evangelio, vemos la trampa que hacen los fariseos y los maestros de la Ley, cuando tergiversan una cuestión importante: sencillamente, ellos contraponen el ayunar y rezar de los discípulos de Juan y de los fariseos al comer y beber de los discípulos de Jesús.

Jesucristo nos dice que en la vida hay un tiempo para ayunar y rezar, y que hay un tiempo de comer y beber. Eso es: la misma persona que reza y ayuna es la que come y bebe. Lo vemos en la vida cotidiana: contemplamos la alegría sencilla de una familia, quizá de nuestra propia familia. Y vemos que, en otro momento, la tribulación visita aquella familia. Los sujetos son los mismos, pero cada cosa a su tiempo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán...» (Lc 5,34).

Todo tiene su momento; bajo el cielo hay un tiempo para cada cosa: «Un tiempo de rasgar y un tiempo de coser» (Qo 3,7). Estas palabras dichas por un sabio del Antiguo Testamento, no precisamente de los más optimistas, casi coinciden con la sencilla parábola del vestido remendado. Y seguramente coinciden de alguna manera con nuestra propia experiencia. La equivocación es que en el tiempo de coser, rasguemos; y que durante el tiempo de rasgar, cosamos. Es entonces cuando nada sale bien.

Nosotros sabemos que como Jesucristo, por la pasión y muerte, llegaremos a la gloria de la Resurrección, y todo otro camino no es el camino de Dios. Precisamente, Simón Pedro es amonestado cuando quiere alejar al Señor del único camino: «¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23). Si podemos gozar de unos momentos de paz y de alegría, aprovechémoslos. Seguramente ya nos vendrán momentos de duro ayuno. La única diferencia es que, afortunadamente, siempre tendremos al novio con nosotros. Y es esto lo que no sabían los fariseos y, quizá por eso, en el Evangelio casi siempre se nos presentan como personas malhumoradas. Admirando la suave ironía del Señor que se trasluce en el Evangelio de hoy, sobre todo, procuremos no ser personas malhumoradas.

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El ayuno que Dios quiere

Viernes de la semana 22 del tiempo ordinario
“Dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: “Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber”. Jesús les contestó: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?” (Lc 5, 33-39)
Siempre es más fácil ver lo que hacen o dejan de hacer los demás.
Siempre es más fácil exigir que hagan lo que nosotros hacemos.
Tenemos la manía de:
Pensar que somos los únicos que tenemos la verdad.
Pensar que somos los únicos que cumplimos con la Palabra de Dios.
Pensar que somos los únicos que somos buenos.
Pensar que lo que nosotros hacemos lo tienen que hacer los demás.

Los discípulos de Juan ayunan.
Los de los fariseos ayunan.
Los tuyos “a comer y beber”.

El ayuno ha sido visto como penitencia, para ganarnos a Dios.
El ayuno ha sido visto como penitencia, que expía nuestros pecados.
El ayuno lo hemos visto como algo estomacal.
El ayuno lo hemos visto como privación penitencial.

Jesús ofrece una visión distinta de nuestras relaciones con Dios.
El ayuno podrá tener su valor ascético.
Pero se puede ayunar y vivir “farisaicamente”, “hipócritamente”.
¿De qué sirve ese ayuno?
¿De qué sirve tener el estómago vacío si, mientras tanto, llevamos el corazón lleno de resentimientos, de egoísmos y de indiferencia ante las necesidades de los demás?
Jesús no viene a establecer la “religión del estómago”.
Sino la “religión del corazón”.
Sino la “religión del amor”.

Dios no es alguien que está enfadado e irritado contra nosotros.
Dios no es alguien que está enemistado contra nosotros.
Dios es “un novio enamorado” de nosotros.
Dios es “un novio que comparte su amor con nosotros”.
Dios es “un novio que nos invita a la boda donde se come bien y se bebe mejor”.

Dios quiere otro tipo de ayuno que no sea precisamente el estomacal.
¿Qué gana Dios viéndonos con el estómago vacío?
El ayuno que Dios nos pide tiene que ser manifestación del amor.

El ayuno que Dios quiere:
Es dejar de comer nosotros, para que otros coman lo nuestro.
Que mientras yo ayuno, tú puedas comer bien.
Es renunciar a nuestras satisfacciones gastronómicas, para que otros puedan comer bien hoy.
Es renunciar a hablar mal de los demás, hablando bien de ellos.
Es vaciar nuestros corazones de resentimientos, y llenarlo de fraternidad.
Es vaciar nuestras mentes de juzgar y criticar, y pensar bien de los demás.
Es dejar de dominar a los demás, y ayudarles a ser libres.
Es privarme de mis gustos, para que los otros se sientan mejor.
Es dejar de descansar, para que tú descanses.
Es hacer que los demás se sientan felices.
Es hacer que los demás descubran su fe como una fiesta.
Es no querer decirlo yo todo, y escuchar lo que dicen los demás.
Es hacer que los demás se sientan más importantes.
Es hacer que los demás sientan el gusto y el sabor de la vida.

El ayuno que Dios espera de nosotros es “dejarnos amar por El”.
Es que le amemos a Él como a nuestro enamorado y novio.
Es que celebremos nuestra vida como una boda con Dios.

juanjauregui.es

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Niños sin fe

En muchos hogares ya no se habla de Dios. Los niños no pueden aprender a ser creyentes junto a sus padres.
Nadie en casa les inicia en la fe. Sus preguntas religiosas resultan embarazosas y son pronto desviadas hacia cosas más prácticas. Lo que se transmite de padres a hijos no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.
No es, pues, extraño que encontremos entre nosotros un número cada vez más elevado de niños sin fe. ¿Cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo se va a despertar su fe religiosa en un hogar indiferente?
La actuación de los padres es diversa. Hay algunos a los que no les preocupa en absoluto la fe de sus hijos. Hace tiempo que ellos mismos se instalaron en la indiferencia. Hoy no saben si creen o no creen.¿Qué pueden transmitir a sus hijos?
Hay también padres que, aun sintiéndose creyentes, dimiten fácilmente de su propia responsabilidad y lo dejan todo en manos de los colegios y catequistas. Parecen ignorar que nada puede sustituir el ambiente de fe del propio hogar y el testimonio vivo de unos padres creyentes.
Pero hay también padres preocupados, que no saben qué hacer en concreto. Padres que buscan apoyo y orientación y no siempre lo encuentran. Puede ser oportuno recordar algunas cosas sencillas pero básicas.
Lo más importante es que los hijos puedan comprobar que sus padres se sienten creyentes.
Que puedan intuir que Dios es alguien importante en su vida, que la fe les anima a vivir de manera positiva y les sostiene en los momentos de sufrimiento y prueba.
Pero no es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar a rezar al hijo cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta si en casa no se celebra ese día de manera cristiana. No se le puede hablar en serio de Jesucristo si el hijo nunca nos va a ver leer el Evangelio.
Es importante, también, preocuparse directamente de educar la fe de los hijos. Comprarles alguna «Biblia para niños», ayudarles a leer esas publicaciones tan hermosas orientadas a presentarles la fe y enseñarles a orar, ver con ellos esos «vídeos» de iniciación a la fe. Nadie mejor que los padres para despertar en los hijos la experiencia religiosa.
Al mismo tiempo, son los padres los que han de acercar al niño a la comunidad cristiana a la que pertenece. Enseñarle el templo parroquial. Mostrarle la pila bautismal donde fue bautizado. Seguir de cerca su proceso en la catequesis. Participar con él en la Eucaristía dominical. Celebrar las grandes fiestas cristianas de la Navidad, Semana Santa y Pascua.
La fe o la increencia de las nuevas generaciones se juega en buena parte en la familia. Hay un relato evangélico que nos hace una invitación que no debiéramos olvidar: «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
Quizá necesitemos recordar que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús.
También los niños están llamados a escucharlo. Pero difícilmente lo podrán hacer si nadie les habla de El.