Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net
Amarás a Dios con todo tu corazón
Mateo 22, 34-40. Tiempo Ordinario. Este amor a Dios debe salir de nuestro corazón y convertirse en amor a los hombres.
Amarás a Dios con todo tu corazón
Del santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.
Oración introductoria
Jesús, gracias por recordarme que lo más importante es amarte en los demás. El mantener una relación personal contigo en la oración debe ser la prioridad en mi vida. Creo, espero y te quiero, ilumina mi oración para que el amor me transforme.
Petición
Señor, enséñame a ser fiel y amar a los demás con tu caridad divina.
Meditación del Papa Francisco
La exhortación a emprender el camino del amor a Dios, a ponerse en camino para llegar a su Reino, fue la coronación de una reflexión centrada en el Evangelio cuando Jesús responde al escriba que le interroga sobre cuál es el más importante de los mandamientos. [...]
La confesión de Dios se realiza en la vida, en el camino de la vida; no basta decir: yo creo en Dios, el único; sino que requiere preguntarse cómo se vive este mandamiento. En realidad, con frecuencia se sigue viviendo como si Él no fuera el único Dios y como si existieran otras divinidades a nuestra disposición. El peligro de la idolatría, la cual llega a nosotros con el espíritu del mundo.
Pero ¿cómo desenmascarar estos ídolos? Son los que llevan a contrariar el mandamiento "¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor". Por ello el camino del amor a Dios —amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma— es un camino de amor; es un camino de fidelidad. (Cf. S.S. Francisco, 6 de junio de 2013, homilía en Santa Marta).
Reflexión:
La religión consiste en amar a Dios. El versículo que cita Jesús (Dt 6, 5) es parte del Shema: el "credo" básico y esencial del judaísmo. Esta frase, con la cual también hoy se da inicio a cada servicio litúrgico hebraico, es el primer texto que todo joven hebreo aprende de memoria. Significa que debemos dar a Dios un amor total, un amor que controla nuestras emociones, que dirige nuestros pensamientos y que mueve cada una de las acciones.
La verdadera religión comienza con el amor y la entrega total de la vida a Dios. Este amor a Dios debe salir de nuestro corazón y convertirse en amor a los hombres. Observemos el orden de los mandamientos: primero debe venir el amor a Dios y después el amor al prójimo. Sólo podemos querer verdaderamente a los hombres si amamos a Dios. Esto sucede porque hemos sido creados a su imagen y semejanza.
También en la sociedad actual el amor a Dios es un factor insustituible. Si eliminamos el amor a Él, con más facilidad se abre el camino a la impaciencia, a la rabia y al odio entre lo hombres. Así, la paz y la convivencia fraternal desaparecen.
Diálogo con Cristo
Jesús, dame la gracia de amar a los demás con todo mi esfuerzo y buena voluntad. Que mi amor no sea sólo un buen, pero vago, deseo sino que se concretice en buenas obras. Quiero contemplarte, experimentar tu cercanía para que pueda aprender a querer a los demás, especialmente a los más cercanos, como Tú me quieres.
Propósito
Examinar mi conciencia y, honestamente, evaluar la espontaneidad, la profundidad y la extensión de mi caridad hacia los demás, especialmente con aquellos que supuestamente amo más.
Amarás a Dios con todo tu corazón
Mateo 22, 34-40. Tiempo Ordinario. Este amor a Dios debe salir de nuestro corazón y convertirse en amor a los hombres.
Amarás a Dios con todo tu corazón
Del santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.
Oración introductoria
Jesús, gracias por recordarme que lo más importante es amarte en los demás. El mantener una relación personal contigo en la oración debe ser la prioridad en mi vida. Creo, espero y te quiero, ilumina mi oración para que el amor me transforme.
Petición
Señor, enséñame a ser fiel y amar a los demás con tu caridad divina.
Meditación del Papa Francisco
La exhortación a emprender el camino del amor a Dios, a ponerse en camino para llegar a su Reino, fue la coronación de una reflexión centrada en el Evangelio cuando Jesús responde al escriba que le interroga sobre cuál es el más importante de los mandamientos. [...]
La confesión de Dios se realiza en la vida, en el camino de la vida; no basta decir: yo creo en Dios, el único; sino que requiere preguntarse cómo se vive este mandamiento. En realidad, con frecuencia se sigue viviendo como si Él no fuera el único Dios y como si existieran otras divinidades a nuestra disposición. El peligro de la idolatría, la cual llega a nosotros con el espíritu del mundo.
Pero ¿cómo desenmascarar estos ídolos? Son los que llevan a contrariar el mandamiento "¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor". Por ello el camino del amor a Dios —amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma— es un camino de amor; es un camino de fidelidad. (Cf. S.S. Francisco, 6 de junio de 2013, homilía en Santa Marta).
Reflexión:
La religión consiste en amar a Dios. El versículo que cita Jesús (Dt 6, 5) es parte del Shema: el "credo" básico y esencial del judaísmo. Esta frase, con la cual también hoy se da inicio a cada servicio litúrgico hebraico, es el primer texto que todo joven hebreo aprende de memoria. Significa que debemos dar a Dios un amor total, un amor que controla nuestras emociones, que dirige nuestros pensamientos y que mueve cada una de las acciones.
La verdadera religión comienza con el amor y la entrega total de la vida a Dios. Este amor a Dios debe salir de nuestro corazón y convertirse en amor a los hombres. Observemos el orden de los mandamientos: primero debe venir el amor a Dios y después el amor al prójimo. Sólo podemos querer verdaderamente a los hombres si amamos a Dios. Esto sucede porque hemos sido creados a su imagen y semejanza.
También en la sociedad actual el amor a Dios es un factor insustituible. Si eliminamos el amor a Él, con más facilidad se abre el camino a la impaciencia, a la rabia y al odio entre lo hombres. Así, la paz y la convivencia fraternal desaparecen.
Diálogo con Cristo
Jesús, dame la gracia de amar a los demás con todo mi esfuerzo y buena voluntad. Que mi amor no sea sólo un buen, pero vago, deseo sino que se concretice en buenas obras. Quiero contemplarte, experimentar tu cercanía para que pueda aprender a querer a los demás, especialmente a los más cercanos, como Tú me quieres.
Propósito
Examinar mi conciencia y, honestamente, evaluar la espontaneidad, la profundidad y la extensión de mi caridad hacia los demás, especialmente con aquellos que supuestamente amo más.
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Viernes de la semana 20 del tiempo ordinario
Jesús pone en ridículo a los saduceos y hasta los hace callar.
Pero no faltó algún intelectual de la Ley que, que con otro grupo, quiso reivindicarlos.
Y esta vez, no por el interés de saber, pues sabía demasiado, sino para “ponerlo a prueba”.
Nunca faltan de esos que van por lana y salen trasquilados.
Le hace una pregunta fundamental y radical: ¿Cuál es el principal y primero de todos los mandamientos de la Ley?
Jesús responde a la pregunta tal y como se la hacen.
Pero responde también a lo que no le preguntan.
Responde por el primero, pero, para que no se dejen llevar de sus lecturas, le añade el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta respuesta no se la esperaban.
Y menos todavía el que les diga que estos dos mandamientos son toda la ley.
Y que con estos dos están de sobra el resto.
Nosotros no tentamos ni probamos a Jesús.
Pero es posible tengamos miedo a hacerle la misma pregunta.
Tenemos infinidad de leyes.
La mayoría insustanciales y hasta inútiles.
Pero tenemos miedo a preguntar por lo esencial.
Tenemos miedo a preguntarle por el amor.
Lo de no robar todavía lo pasamos, aunque luego todo el mundo robe.
Lo de no cometer adulterio, nos cuesta, pero hasta lo aceptaríamos.
Lo de no mentir, claro, preguntamos, aunque luego les llamemos “mentiras blancas” o “piadosas”.
¡Pero preguntarle por el amor!
¡Y hasta aceptaríamos preguntarle por el amor de Dios!
Pero que nos diga que tenemos que amar al prójimo “como a nosotros mismos”, como que nos han tomado mal las medidas de nuestro terno.
Y sin embargo, nuestra fe necesita de dos remos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Si nos falta alguno de ellos, nuestra fe no camina.
No camina si no amamos a Dios con todo nuestro corazón.
Tampoco camina si no amamos a los demás “como a nosotros”.
Nos hemos inventado mil y una devociones y nos sentimos buenos.
Nos hemos inventado mil y una oraciones con no sé cuantas indulgencias, y nos sentimos buenos.
Y sin embargo sabemos que de nada nos sirve todo ese almacén de cosas piadosas, si luego no amamos.
El corazón que no ama es un corazón de corcho.
Una fe de “corcho”.
El corazón que no ama es un corazón disecado.
Una fe “disecada”.
El corazón que no ama es un corazón vacío de Dios y de los hombres.
Una fe vacía.
“Si no tengo amor” aunque haga milagros, no soy nada.
“Ama y haz lo que quieras” dice Agustín.
Lo más urgente en la Iglesia y en los creyentes es: amar y dejarnos amar.
Por eso hoy le pediría al Señor:
Señor, ¿y las flores aman? No lo dicen, pero sí aman.
Nacen haciéndonos felices. Crecen haciéndonos felices.
Se dejan cortar, y no se quejan. Se dejan llevar a cualquier hogar, y no dicen nada.
Las venden, y ellas no cobran.
Luego las tiran a cualquier lugar, y se mueren con una pálida sonrisa.
Quisiera amar a todos, como las flores.
Que todos se sientan amados por mí, aún si no les digo nada.
Que puedan contar conmigo, sin tener que hacer acuerdos.
Que puedan disponer de mí, sin ponerles condiciones.
Que todos me busquen, porque se sienten felices conmigo.
El mejor amor no está en las palabras, sino en estar disponible para todos.
Por eso me gusta el amor de las flores.
Hazme, Señor, una flor de amor en el jardín de tu Iglesia.
Amar como las flores
“Uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y el primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. (Mt 22,34-40)Jesús pone en ridículo a los saduceos y hasta los hace callar.
Pero no faltó algún intelectual de la Ley que, que con otro grupo, quiso reivindicarlos.
Y esta vez, no por el interés de saber, pues sabía demasiado, sino para “ponerlo a prueba”.
Nunca faltan de esos que van por lana y salen trasquilados.
Le hace una pregunta fundamental y radical: ¿Cuál es el principal y primero de todos los mandamientos de la Ley?
Jesús responde a la pregunta tal y como se la hacen.
Pero responde también a lo que no le preguntan.
Responde por el primero, pero, para que no se dejen llevar de sus lecturas, le añade el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta respuesta no se la esperaban.
Y menos todavía el que les diga que estos dos mandamientos son toda la ley.
Y que con estos dos están de sobra el resto.
Nosotros no tentamos ni probamos a Jesús.
Pero es posible tengamos miedo a hacerle la misma pregunta.
Tenemos infinidad de leyes.
La mayoría insustanciales y hasta inútiles.
Pero tenemos miedo a preguntar por lo esencial.
Tenemos miedo a preguntarle por el amor.
Lo de no robar todavía lo pasamos, aunque luego todo el mundo robe.
Lo de no cometer adulterio, nos cuesta, pero hasta lo aceptaríamos.
Lo de no mentir, claro, preguntamos, aunque luego les llamemos “mentiras blancas” o “piadosas”.
¡Pero preguntarle por el amor!
¡Y hasta aceptaríamos preguntarle por el amor de Dios!
Pero que nos diga que tenemos que amar al prójimo “como a nosotros mismos”, como que nos han tomado mal las medidas de nuestro terno.
Y sin embargo, nuestra fe necesita de dos remos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Si nos falta alguno de ellos, nuestra fe no camina.
No camina si no amamos a Dios con todo nuestro corazón.
Tampoco camina si no amamos a los demás “como a nosotros”.
Nos hemos inventado mil y una devociones y nos sentimos buenos.
Nos hemos inventado mil y una oraciones con no sé cuantas indulgencias, y nos sentimos buenos.
Y sin embargo sabemos que de nada nos sirve todo ese almacén de cosas piadosas, si luego no amamos.
El corazón que no ama es un corazón de corcho.
Una fe de “corcho”.
El corazón que no ama es un corazón disecado.
Una fe “disecada”.
El corazón que no ama es un corazón vacío de Dios y de los hombres.
Una fe vacía.
“Si no tengo amor” aunque haga milagros, no soy nada.
“Ama y haz lo que quieras” dice Agustín.
Lo más urgente en la Iglesia y en los creyentes es: amar y dejarnos amar.
Por eso hoy le pediría al Señor:
Señor, ¿y las flores aman? No lo dicen, pero sí aman.
Nacen haciéndonos felices. Crecen haciéndonos felices.
Se dejan cortar, y no se quejan. Se dejan llevar a cualquier hogar, y no dicen nada.
Las venden, y ellas no cobran.
Luego las tiran a cualquier lugar, y se mueren con una pálida sonrisa.
Quisiera amar a todos, como las flores.
Que todos se sientan amados por mí, aún si no les digo nada.
Que puedan contar conmigo, sin tener que hacer acuerdos.
Que puedan disponer de mí, sin ponerles condiciones.
Que todos me busquen, porque se sienten felices conmigo.
El mejor amor no está en las palabras, sino en estar disponible para todos.
Por eso me gusta el amor de las flores.
Hazme, Señor, una flor de amor en el jardín de tu Iglesia.

