Evangelio y Comentario de hoy Jueves 28 de Agosto 2014

Día litúrgico: Jueves XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 24,42-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Comentario: + Rev. D. Albert TAULÉ i Viñas (Barcelona, España)
Estad preparados
Hoy, el texto evangélico nos habla de la incertidumbre del momento en que vendrá el Señor: «No sabéis qué día vendrá» (Mt 24,42). Si queremos que nos encuentre velando en el momento de su llegada, no nos podemos distraer ni dormirnos: hay que estar siempre preparados. Jesús pone muchos ejemplos de esta atención: el que vigila por si viene un ladrón, el siervo que quiere complacer a su amo... Quizá hoy nos hablaría de un portero de fútbol que no sabe cuándo ni de qué manera le vendrá la pelota...

Pero, quizá, antes debiéramos aclarar de qué venida se nos habla. ¿Se trata de la hora de la muerte?; ¿se trata del fin del mundo? Ciertamente, son venidas del Señor que Él ha dejado expresamente en la incertidumbre para provocar en nosotros una atención constante. Pero, haciendo un cálculo de probabilidades, quizá nadie de nuestra generación será testimonio de un cataclismo universal que ponga fin a la existencia de la vida humana en este planeta. Y, por lo que se refiere a la muerte, esto sólo será una vez y basta. Mientras esto no llegue, ¿no hay ninguna otra venida más cercana ante la cual nos convenga estar siempre preparados?

«¡Cómo pasan los años! Los meses se reducen a semanas, las semanas a días, los días a horas, y las horas a segundos...» (San Francisco de Sales). Cada día, cada hora, en cada instante, el Señor está cerca de nuestra vida. A través de inspiraciones internas, a través de las personas que nos rodean, de los hechos que se van sucediendo, el Señor llama a nuestra puerta y, como dice el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Hoy, si comulgamos, esto volverá a pasar. Hoy, si escuchamos pacientemente los problemas que otro nos confía o damos generosamente nuestro dinero para socorrer una necesidad, esto volverá a pasar. Hoy, si en nuestra oración personal recibimos —repentinamente— una inspiración inesperada, esto volverá a pasar.



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Jueves de la semana 21 del tiempo ordinario

Llamada a la vigilancia

“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas...” “Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela...”. “Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre...” (Mt 24,42-51)
Hay en el evangelio de hoy una llamada a la vigilancia que hemos de escuchar todos.
Estas frases del Evangelio no pretenden intimidarnos, de modo que vivamos obsesionados por la llegada imprevista de la muerte.
Hubo un tiempo en el que la predicación de la Iglesia abusó de este tema. Hoy por esa vieja ley de péndulo, hemos casi eliminado este tema de nuestras reflexiones y predicaciones.
Y hoy, el hombre moderno vive absolutamente despreocupado de esta realidad. Es más, muchas veces montamos la vida de espaldas a esta realidad. Sólo cuando la muerte nos toca en la persona de un familiar o de un ser cercano, se produce en nosotros un choque que desmonta nuestros esquemas y nos hace sentir la fragilidad y debilidad del ser humano.
O simplemente cuando la enfermedad nos visita, nos hace sentir la fragilidad de esta vida y de todo lo que la envuelve.
Entre la obsesión constante por la muerte y la despreocupación más completa está el camino intermedio que es al que pretende conduciros el evangelio.
Un día me moriré. Y pensar eso es bueno. Eso me ha de llevar a plantearme cómo estoy viviendo. ¿Cómo haría yo el proyecto de mi vida en el momento de la muerte? ¿Cómo me gustaría haber vivido el día de mi muerte?
¿Igual que estoy viviendo?...
¿Cuántas de las luchas, de nuestras aspiraciones, de nuestros deseos... parecen vanos en ese momento? ¿Cuántas de nuestras divisiones, de nuestros odios, rencores y razones... parecen absurdos e infantiles en este momento?
Se trata pues de cambiar de valores o de dar la vuelta a los prismáticos...
Porque en toda vida humana hay un momento en el que damos la vuelta a los prismáticos... Esa vuelta a los gemelos se produce cuando nos llega un gran dolor o cuando se descubre un gran amor... Los valores se invierten...
Una muchacha, contaba en una revista, cómo había dado ella la vuelta a los prismáticos: su padre estaba seriamente enfermo y todo cambió de color: “¡Cuántas cosas –decía- por las que antes luchaba y me angustiaba se me han vuelto fútiles e innecesarias! ¡Qué tontas me parecen algunas ilusiones sin las que me parecía que vivir sería imposible! ¡Cómo se vuelve todo de repente secundario y ya sólo cuenta la lucha por la vida y la felicidad de los seres que amas!”.
Es cierto: la gran enfermedad de los hombres es esa miopía cotidiana que nos empuja a equivocarnos de valores.
Yo me he preguntado muchas veces qué pediría a Dios si él me concediera un día un milagro. Y creo que suplicaría el ver, el ver las cosas como él las ve, desde la distancia de quien entiende todo, de quien conoce el porvenir y la auténtica dimensión de las cosas.
Si tuviera ese don, ¡qué distinta sería mi vida! ¡Cuánto más amaría y cuánto menos lugar habría dado a las apariencias! ¡Qué poco me habrían importado los éxitos y cuánto más las amistades!
Decía esta chica: “Ahora “gano” mis tardes haciendo crucigramas con mi padre. Soy feliz viéndole sonreír. A su lado no tengo prisas. Cada minuto de compañía se me vuelve sagrado. Y cuando a la noche regreso a mi casa “sin haber hecho nada” (sin haber hecho nada más que amar) me siento llena y feliz, mucho más que si hubiera ganado un pleito, construido una casa o acumulado un montón de dinero. Charlo con él. Charlamos de nada. Vivimos. Estamos juntos. Le quiero. Le veo feliz de tenerme a su lado. No hay premio mayor en este mundo. Sé que un día me arrepentiré de millones de cosas de mi vida. Pero que nunca me arrepentiré de estas horas “perdidas haciendo crucigramas a su lado”.
Esta chica tiene razón. Ha vuelto sus prismáticos. Ha vuelto sus prismáticos y de repente el cristal de aumento de su corazón le ha hecho descubrir lo que la mayoría de los seres humanos no llegan ni siquiera a vislumbrar. Y todo lo demás se ha vuelto pequeñito y lejano: secundario.
La vida de los hombres, la sonrisa de las personas, la alegría de un niño o un anciano, son mucho más importantes a los ojos de Dios... que todas las acciones del mundo.... Se trata por tanto de que a la luz del Evangelio trastoquemos nuestra escala de valores y vayamos conformándola un poco más de acuerdo con él...

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