Evangelio y Comentario de hoy Sabado 09 de Agosto 2014


Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net
La fe como un grano de mostaza
Mateo 17, 14-20. Tiempo Ordinario. La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración.

La fe como un grano de mostaza
Del santo Evangelio según san Mateo 17, 14-20

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo. Jesús contestó: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo. Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron, aparte: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Les contestó: Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.

Oración introductoria

Señor, me falta fe... para ser perseverante en mi oración, para amar mejor a los demás, para ser fiel a mi misión. Inicio mi oración haciendo silencio en mi corazón; no un silencio vacío, sino lleno de esperanza al estar ante ti, poniéndome humildemente ante tu presencia, con la seguridad que por el gran amor que me tienes, fortalecerás mi fe.

Petición

Jesús, dame la gracia de asimilar que la verdadera oración consiste en unir mi voluntad a la de Dios.

Meditación del Papa Francisco

Y el Señor, ¿qué cosa nos responde? Responde: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y les habría obedecido". La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero verdadera, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad!
Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe fortísima, ¡que verdaderamente mueven las montañas! Pensemos por ejemplo en tantas mamás y papás, que afrontan situaciones muy pesadas; o en ciertos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien los va a visitar. Estas personas, precisamente por su fe, no se vanaglorian de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer". ¡Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, y que hace tanto bien!. (S.S. Francisco, 6 de octubre de 2013).

Reflexión:

Se puso de rodillas. ¿Te imaginas a un padre de familia, desesperado, poniéndose de rodillas delante de alguien que aparentemente es un hombre como los demás? ¿Qué le movió a hacerlo? El amor a su hijo.

Primero lo había intentado con los discípulos, pero ellos no pudieron curar al chico de los ataques de epilepsia. Luego ve al Señor, se acerca y cae de rodillas ante Él. No tiene ninguna vergüenza. No le importa lo que digan de él. Únicamente busca el bien de aquel a quien ama.
Jesús, conociendo el amor que brotaba del corazón de ese hombre, curó al hijo.

Por su parte, los discípulos no entendían en qué habían fallado. Jesús les respondió que les faltaba fe. No dice que no tienen fe, sino que aún es muy pequeña.

La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración. Es como ir a un gimnasio: al levantar las pesas una y otra vez, nuestros músculos se desarrollan. La fe también debe ejercitarse, ponerse a prueba, alimentarse. Si nos conformamos con la fe que teníamos a los diez años, cuando hicimos la primera comunión, es lógico que nuestro "músculo" espiritual esté raquítico.

Necesitamos una fe adulta, resistente, alimentada con las lecturas adecuadas, con la oración diaria, con los sacramentos y con todo aquello que nos ayude a fortalecerla.

Propósito

Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio

Diálogo con Cristo

El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás.


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La verdadera fe nace de la confianza



Domingo 19 del Tiempo Ordinario
El problema de Pedro se parece mucho al de los enemigos de Jesús. En las tentaciones del desierto, el diablo le cuestiona su identidad: “Si eres Hijo de Dios”. En los tribunales religiosos se le hace el mismo cuestionamiento. “Si eres el Hijo de Dios, dínoslo”. Y en la Cruz, unos y otros se burlan de su identidad: “Si es Hijo de Dios, que baje de la Cruz”.

Pedro no cree en la palabra de Jesús: “Animo, soy yo, no tengáis miedo”. No se fía de su palabra y pide argumentos para estar seguro. “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre las aguas”.
Pedro pide milagros para creer.
Le pide algo que solo le corresponde a Dios. Eso de andar sobre las aguas es privilegio de Dios.
Al hombre se le da el poder caminar por tierra firme que ya es bastante.
Al hombre se le concede que pueda nadar. Pero no andar sobre las aguas.

Por eso mismo, ante el primer obstáculo, la fe de Pedro se derrumba y el miedo se apodera de él y comienza a hundirse: “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse”. Es que Pedro quiere afirmar su fe en Jesús: No creyendo en su palabra, sino en los milagros.
No fiándose de su palabra, sino fiándose de su poder.

La verdadera fe no nace de los milagros, sino de creer en la Palabra de Jesús.
La verdadera fe no nace del poder divino de Jesús, sino de la confianza en su persona y en su Palabra. Y cuando la fe no brota de ahí termina siendo una fe muy débil, que ante las primeras dificultades se quiebra y nos hundimos como barco que hace agua.

La verdadera fe tampoco nace del poder de Dios, sino de su amor.
No creemos porque Dios es omnipotente, sino porque Dios es amor.

Con frecuencia, nuestra fe nace más de nuestras ideas sobre Dios que de nuestra experiencia amorosa de Dios.
Con frecuencia, nuestra fe busca en Dios más su poder que pueda solucionar nuestros problemas y dificultades que su auténtico amor.
Dios no se manifiesta en el poder, sino en la debilidad y el amor…
El verdadero rostro de Dios se manifiesta en la debilidad de la Cruz y de su muerte.
El verdadero rostro de Dios se revela y manifiesta en que “tanto amó Dios al hombre que entregó a su Hijo único”.

Cristianos que, para creer en Dios, piden primero milagros.
Y los milagros no siempre nos hacen creyentes.
Muchos fueron testigos de los milagros de Jesús y no creyeron en El.
Más bien necesitamos de una fe capaz de hacer milagros, y no milagros que nos hagan creyentes. El mayor milagro de Dios es habernos amado “hasta el extremo”. Es el milagro del amor. El único capaz de despertar en nosotros la auténtica fe.

Es lindo el relato que Paulo Coelho cuenta de Milton Ericksson.
“A los 12 años cayó enfermo de poliomielitis. Diez meses más tarde, luego de contraer la enfermedad oyó a uno de los médicos decirle a sus padres: “Su hijo no pasará de esta noche”.
El niño escuchó el llanto de su madre. “A lo mejor si paso de esta noche, mamá no sufrirá tanto”, pensó. Y decidió no dormir hasta el amanecer. Por la mañana gritó: “¡Mamá! ¡Sigo vivo!”
La alegría en la casa fue tanta que, a partir de entonces, decidió aguantar siempre una noche más, para aplazar el sufrimiento de sus padres. Murió en 1990 a los 75 años, dejando detrás de sí una serie de libros sobre la enorme capacidad del hombre para vencer sus propias limitaciones”.

Ericksson no pidió a Dios el milagro de la curación, sino que fue su amor hacia sus padres, el no verlos sufrir, quien le mantuvo con la ilusión de vivir y de ser más fuerte que su propia enfermedad. Y así el que “no pasará de esta noche”, pudo vivir hasta los setenta y cinco años.
Sólo el amor hará fuerte nuestra fe.
Sólo el amor nos dará fuerzas para no dudar ante las dificultades. Sólo el amor del corazón nos hará más fuertes que nuestras propias dudas intelectuales.

La verdadera fe no pide milagros, se fía de Alguien.
La verdadera fe nace de aceptar su palabra, de fiarnos de su palabra.
La fe que pide pruebas es la mejor prueba de que no es verdadera fe.

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