Evangelio y Comentario de hoy Viernes 01 de Agosto 2014


 
Autor: Francisco Sunderland | Fuente: Catholic.net
Jesús en Nazaret
Mateo 13, 54-58. Tiempo Ordinario. En ningún lugar es un profeta peor recibido que en su propia casa.

Jesús en Nazaret
Del santo Evangelio según san Mateo 13, 54-58

En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Oración introductoria

Señor Jesús, en ese pasaje del Evangelio veo reflejada mi tendencia a ponerte límites, a no confiar plenamente en que Tú quieres y puedes estar presente en mi oración. Ante mi debilidad, ante la distracción, necesito de tu gracia para que nunca más desprecie la intimidad que puedo llegar a tener contigo en la oración.

Petición

Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor.

Meditación del Papa Francisco

Algo parecido ocurre en nuestras relaciones con Dios. Cuando nosotros no lo escuchamos, no seguimos su voluntad, cometemos actos concretos en los que mostramos falta de confianza en Él – y esto es pecado –, se forma como un nudo en nuestra interioridad. Estos nudos nos quitan la paz y la serenidad. Son peligrosos, porque varios nudos pueden convertirse en una madeja, que siempre es más doloroso y más difícil de deshacer.Pero para la misericordia de Dios nada es imposible. Hasta los nudos más enredados se deshacen con su gracia. Y María, que con su "sí" ha abierto la puerta a Dios para deshacer el nudo de la antigua desobediencia, es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que él desate los nudos de nuestra alma con su misericordia de Padre. (S.S. Francisco, 12 de octubre de 2013, Jornada Mariana del Año de la Fe).

Reflexión

"En ningún lugar es un profeta peor recibido que en su propia casa". Aquellos que buscan con sinceridad a Dios, aquellos que lo han dejado todo para conocerlo y amarlo, son testigos del rechazo que producen al hablar del tesoro que han descubierto.

Es difícil para los hombres ver que alguien, que antes era como ellos, es ahora un reflejo de bondad, una persona que ha cambiado para bien. ¿Por qué, por qué les cuesta tanto aceptarlo? Tal vez sea porque en ese nuevo hombre ven a alguien que ellos mismos podrían imitar y seguir si se esforzaran. El problema es que muchas veces el esfuerzo es lo que menos gusta y por ello creen que el cambio es una mentira o simplemente no quieren pensar más en él.

Los hombres de Nazaret no creen en la misericordia divina que ha podido cambiar al hijo de un carpintero en un maestro de la verdad. De alguna manera, esto sería como si no creyesen que el simple pan se hubiese convertido en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Se puede aprender de esta lección que cada Santa Misa es como una oportunidad de ponernos en el lugar de esos hombres y mujeres, y de darle una gran bienvenida a Jesús en nuestras almas que son como ese Nazaret que Él tanto ama y en el que quiere obrar muchos milagros.

Propósito

Diariamente, pedir que sepa conservar y acrecentar el don más precioso que tengo: mi fe en la Santísima Trinidad.

Diálogo con Cristo 


Señor, es tan grande tu bondad y misericordia que absurdamente llego a «acostumbrarme» a ellas, perdiendo así la capacidad de maravillarme continuamente de la grandeza de tu amor. Tú siempre dispuesto hacer grandes cosas en mi vida, yo distraído en lo pasajero. Por eso no quiero, no puedo y no debo dejar pasar más el tiempo sin seguir con confianza y valentía las inspiraciones de tu Espíritu Santo. Con tu ayuda, sé que lo voy a lograr.

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Acepta la luz aunque te llegue a través de tinieblas

Viernes de la semana 17 del tiempo ordinario
“Fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada;”¿de dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí sus hermanas? Entonces ¿de dónde saca todo eso?” (Mt 13,54-58)
El problema de la verdad no es la verdad misma, sino quién la dice.
El problema del Evangelio no es el Evangelio mismo, sino quién lo anuncia.
Si quien habla es un gran personaje, todos nos quedamos boquiabiertos.
Si quien habla es un desconocido, ¿qué tendrá ese que decirnos?
Si quien habla es una gran figura, todos vamos a escucharle.
Si quien habla es un pobre hombre, no le escucha ni su esposa.
Si quien habla es un político, todos los periódicos lo publican.
Si quien habla es un ciudadano de a pie, no sale ni en avisos económicos.
Si quien habla es un poderoso, debe decir cosas importantes.
Si quien habla es un pobre hombre o mujer, sus palabras las lleva el viento.

Es lo mismo que le pasó a Jesús.
Hasta en eso debió de parecerse a nosotros.
Por una parte, la gente se “admira de sus palabras y sus milagros”.
Pero, la gente de entonces es como la de ahora.
El problema de Jesús:
Ser hijo de un carpintero.
Ser hijo de María, una aldeana más, sin importancia.
Su familia, tampoco tiene mayor prestigio social.

Y de la “admiración” pasan “al desconcierto”.
No pueden negar que en sus palabras hay algo nuevo.
No pueden negar que sus milagros están ahí.
Pero, lo que falla es la “persona”.
No es alguien importante.
No es significativa.
No tiene títulos especiales.

No reconocen su origen divino.
Por tanto, no es ningún representante de Dios.
Saben que habla como nadie.
A lo más, la curiosidad de “dónde lo habrá aprendido” o “¿quién se lo ha enseñado?”
Solo se fijan en su origen humano.
Solo se fijan en su familia humana.
Un carpintero de aldea no resulta demasiado importante y significativo.

Un día un amigo mío tuvo una avería en las cañerías del agua. Cuando vino el “fontanero” rompió la pared y sacó la cañería rota. Era de aquellas antiguas. Por dentro estaba llena de óxido de hierro. Realmente daba casi asco verla lo destrozada y sucia que estaba. Yo estaba con él.
A mí se me ocurrió tomar un trozo de la misma. Y la guardé.
Luego que el “fontanero” la cambió por una nueva y más moderna, llamé a mi amigo y le mostré la antigua cañería.
Mi amigo era de los que, constantemente me atacaba diciendo, que no creía porque la Iglesia no vivía el Evangelio, era rica y él conocía a muchos cristianos que comulgaban pero luego eran como todos, y que los curas ya se había demostrado que escondíamos muchas basuras.

Tomé el trozo de cañería y le digo: Bueno, amigo, ¿cuántos años has estado bebiendo el agua que te llegaba por esta tubería? ¿Ves lo sucia que está? Y sin embargo, el agua te llegaba limpia. Y tú saciabas tu sed con esa agua, la de esa tubería.
Pues así es la verdad, amigo mío.
No te fijes en la tubería por donde te llega la verdad del Evangelio.
Puede que esté sucia, y sin embargo, el agua del Evangelio te llega limpia.

Se me quedó mirando y me respondió: “eres un j…” un calificativo que no digo pero que empieza con j… y ustedes lo adivinan.
Muchas veces la luz del sol tiene que atravesar las nubes cargadas de “niebla”.
Muchas veces la verdad nos llega a través del “hijo de un carpintero”.
Muchas veces la verdad nos llega a través del hijo de “una madre cualquiera y pobre”.
No te fijes si la voz que te anuncia el Evangelio no es la de Plácido Domingo o Pavaroti.
Acepta la luz, aunque venga a través de las tinieblas.
Acepta la verdad, aunque venga de gente poco significativa.
La verdad del Evangelio no depende de quien la anuncia sino del Evangelio mismo.

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