Autor: Clemente González | Fuente: Catholic.netLa aparición a María Magdalena
Juan 20, 1-2. 11-18. Tiempo Ordinario. Es en los momentos duros cuando Dios está más cercano a nosotros.
La aparición a María Magdalena
Del santo Evangelio según san Juan 20, 1-2. 11-18
El domingo por la mañana, muy temprano estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto". María se había quedado junto al sepulcro llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» Jesús le dice: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
Oración introductoria
Señor mío, te necesito. No soy digno y humildemente te pido perdón por todas mis debilidades. Permite, por tu inmensa misericordia, que hoy pueda reconocerte y experimentar tu cercanía para salir como Magdalena a anunciar a todos la Buena Nueva.
Petición
Dios mío, no permitas que las actividades diarias ni las atracciones del mundo me distraigan de mi fin último, de tu gloria y de tu servicio.
Meditación del Papa Francisco
Hay tantos cristianos sin Resurrección, cristianos sin Cristo Resucitado: acompañan a Jesús hasta el sepulcro, lloran, lo aman mucho, pero solo hasta ahí. Pensando en esta actitud de los cristianos sin Cristo resucitado, he encontrado tres, pero hay muchos otros: los temerosos, los cristianos temerosos; los avergonzados, los que tienen vergüenza; y los triunfalistas. ¡Estos tres no se han encontrado con el Cristo resucitado!
Los temerosos: son aquellos de la mañana de la Resurrección, aquellos de Emaús que se van, tienen miedo. Los apóstoles se cierran en el Cenáculo por miedo a los judíos, donde también llora María Magdalena porque se han llevado el cuerpo del Señor. Los temerosos son así: tienen miedo de pensar en la Resurrección, como si se quedaran en la primera parte de la partitura, porque tienen miedo del Resucitado.
También están los cristianos avergonzados. Confesar que Cristo ha resucitado lse da un poco de vergüenza en este mundo, que avanza tanto en la ciencia. A estos cristianos, Pablo les advierte que tengan cuidado de que nadie los engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, inspirados en la tradición humana. Estos tienen vergüenza para decir que Cristo, con su cuerpo, con sus heridas ha resucitado.
Por último, está el grupo de los cristianos que en sus corazones no creen en el Señor resucitado y quieren alcanzar en ellos una resurrección más majestuosa que la real. Son los cristianos triunfalistas. Ellos no conocen la palabra "triunfo", solo dicen ´triunfalismo´, porque tienen un complejo de inferioridad y quieren hacer... Cuando vemos a estos cristianos, con tantas actitudes triunfalistas, en sus vidas, en sus discursos y en su pastoral, en la liturgia y tantas otras cosas, es porque en lo más profundo no creen en el Resucitado... (Cf S.S. Francisco, 10 de septiembre de 2013, homilía en Santa Marta).
Reflexión
Es justo para María Magdalena que, en su infinita ternura y misericordia, Jesús Renacido prefiera mostrarse por primera vez a ella con su cuerpo transfigurado. La compasión que Jesús siempre ha demostrado respecto a las almas en pena lo ha llevado a mostrar mayor atención hacia ellas. María Magdalena siguió durante años a Cristo en sus recorridos por las calles de Israel compartiendo alegrías y esperanzas con los otros discípulos, y ahora recibe el consuelo de ser la primera en ver a su Maestro vivo.
¿Cuántas veces también nosotros nos sentimos deprimidos, trastornados, embrujados por los hechos que se arremolinan violentamente en nuestra vida? Es precisamente en estos momentos cuando Dios está más cercano a nosotros, ansioso de donarnos el consuelo de su abrazo y su Resurrección, si logramos renunciar a nuestra autocompasión y dejamos de hurgar, orgullosos, en nuestro corazón herido buscando sólo el bien propio. Si nos esforzamos por volver a la luz, entonces secaremos de nuestros ojos las lágrimas de la desesperación. Entonces veremos la esperanza de Cristo, el Hijo de Dios que ha triunfado sobre el dolor, el pecado y la muerte.
Diálogo con Cristo
Jesús, con frecuencia me parece tan difícil darme el tiempo y buscar el mejor lugar para poder encontrarte en mi oración. Me dejo envolver en mis asuntos y no sé descubrirte en los demás. Dame un corazón humilde y sabio, para reconocer siempre que sin Ti no soy nada y que nada de lo que haga, por más maravilloso que pueda parecer, tendrá valor.
Propósito
Pedir al Espíritu Santo la sabiduría y la fortaleza para cambiar esta actitud o comportamiento que no es propio de un auténtico discípulo y misionero de Cristo.
La nueva familia del Evangelio
Martes de la semana 16 del tiempo ordinario
“Uno se lo avisó: “Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo”. Pero él contestó al que le avisaba: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre”. (Mt 12,46-50)
Cualquiera pudiera pensar que Jesús es un engreído y un desagradecido.
Un hijo mal criado, que se olvida de su misma madre y de sus hermanos.
Y de esto no hay que extrañarse, porque haber los hay.
Hijos que si son algo se lo deben a la “madre” de la que ahora se avergüenzan.
Hijos que si han llegado hasta aquí se lo deben al esfuerzo y a la lucha de sus padres.
Hijos, a quienes se les han subido los humos, y ahora no quieren saber nada de quienes lo dieron todo por él.
Pero, no es ésta la actitud de Jesús.
Jesús se encarnó, gracias a su Madre María.
Él lo sabe muy bien.
Y será siempre el hijo agradecido, hasta convertirla luego a ella, en la “madre de su comunidad de seguidores”.
Pero Jesús ahora, quiere también a través de ella, abrir a la humanidad a nuevos horizontes.
Rompe los pequeños marcos de la familia de sangre.
Rompe los pequeños marcos de la familia del amor humano.
Rompe los pequeños marcos de la familia humana.
Y nos abre:
A la nueva familia que nace del Evangelio.
A la nueva familia nacida, no de la sangre, sino de la fe.
A la nueva familia nacida, no del amor humano, sino del amor fraterno.
A la nueva familia nacida, no de las relaciones humanas, sino de la gracia.
A la nueva familia nacida, no de los apellidos humanos, sino de apellidos del seguimiento.
A la nueva familia nacida, no del calor humano, sino del calor de la caridad.
Jesús valora la familia humana que le acogió en la encarnación.
Pero no se queda encerrado en ella.
El va a fundar una nueva familia, cuyos lazos van más allá de carne y de la sangre.
El va a fundar esa nueva familia del Reino, cuyos lazos se fundan en la filiación divina.
El va a fundar esa nueva familia, en la que todos los hombres serán hermanos.
El va a fundar esa nueva familia, nacida de la aceptación de la “voluntad del Padre del cielo”.
Nuestra gran tentación suele ser, de ordinario:
Encerrarnos en lo pequeño.
Encerrarnos en lo “mío” y lo “tuyo”.
Encerrarnos en “mi Iglesia” y “tu Iglesia”.
Encerrarnos en “mi teología” y “tu teología”.
Encerrarnos en “mi espiritualidad” y “tu espiritualidad”.
La tentación de jugar siempre al “yo” y al “tú”.
En tanto que, Jesús prefiere jugar con el “nosotros”, con “todos”.
Nosotros preferimos encerrarnos en lo particular.
Jesús nos abre siempre a lo universal.
Nosotros preferimos “nuestro poquito”.
Jesús nos quiere abiertos al “todo”, y a “todos”.
Una familia donde:
Todos estamos llamados a ser hijos.
Todos estamos llamados a ser hermanos.
Y esto es lo que nos identifica como creyentes.
Y esto es lo que nos identifica como Iglesia.
Y esto es lo que significa “católico”.
Que no es un apellido prestado, sino el apellido de nuestra universalidad sin fronteras.
El Evangelio no promociona lo que “empequeñece” sino lo que “agranda”.
El Evangelio no promociona lo “particular” sino “lo universal”.
El Evangelio no promociona la “exclusión” de nadie, sino la “inclusión” de todos.
El Evangelio no promociona las “barreras”, sino que destruye todos los “muros” que dividen.
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