Jesús ante la Ley antigua
Mateo 5, 17-19.
Tiempo Ordinario.
No basta cumplir con reglas para estar cerca de Dios, hay que amarlo.
Del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-19
«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Oración introductoria
Dios mío, me postro ante Ti en esta oración, quiero escucharte y ser dócil a tus inspiraciones, porque sólo Tú podrás dar plenitud a mi vida.
Petición
Señor, dame la gracia para que nunca contradiga tus mandamientos, concédeme ser un auténtico seguidor y testigo de tu amor.
Meditación del Papa Francisco
Esta ley es sagrada porque conducía al pueblo a Dios. Por lo tanto, no se puede tocar. Había quien decía que Jesús cambiaba esta ley. Él, en cambio, buscaba hacer entender que se trataba de un camino que conduciría al crecimiento, es más, a la plena madurez de esa ley. Y decía: Yo vengo a dar cumplimiento. Así como el brote que “despunta” y nace la flor, así es la continuidad de la ley hacia su madurez. Y Jesús es la expresión de la madurez de la ley.
El papel del Espíritu Santo en la transmisión de esta ley. Pablo dice que esta ley del Espíritu la tenemos por medio de Jesucristo, porque no somos capaces de pensar algo como procedente de nosotros; nuestra capacidad viene de Dios. Y la ley que Dios nos da es una ley madura, la ley del amor, porque hemos llegado a la última hora. El apóstol Juan dice a su comunidad: Hermanos, hemos llegado a la última hora. A la hora del cumplimiento de la ley. Es la ley del Espíritu, la que nos hace libres… (Cf. S.S. Francisco, 12 de junio de 2013, homilía en Santa Marta).
Reflexión
Toda esa tremenda legislación se convirtió en una carga demasiado pesada. Los mismos judíos experimentan esta casi insuperable dificultad. Ser un hombre perfecto, como Dios lo quiere, sin estar unido verdaderamente a Dios desde el interior, es una tarea imposible.
Los actos externos, el culto, los ritos y todos los sacrificios, no pueden todo unido llegar al valor de un simple acto de contricción, de una simple y sencilla oración que nace del corazón y que diga: "Señor, ten piedad de mi, porque soy un pecador... un corazón contrito y humillado tú, Oh Dios, no lo desprecias", dice el salmo. Cuántos se habían olvidado de esto en aquellos tiempos, y cuántos hoy pensamos que para tranquilizar la conciencia basta un acto externo, una limosna, o ni siquiera eso... Hemos adaptado tanto a nuestro antojo la ley de Dios que su contenido casi ha desaparecido o nos contentamos con "decir algo a Dios de vez en cuando"...
El camino de una verdadera conversión interior, es el de un leal esfuerzo por interiorizar nuestra experiencia y relación con Él, pero sin dejar de aprovechar las riquezas espirituales de la Iglesia, sobre todo a través de los sacramentos. Ahí encontraremos al Señor siempre que le busquemos. Su espíritu está ahí presente y actúa por encima de las instituciones y de las personas... Yo estaré con vosotros hasta el final del mundo...
Propósito
Cumplir siempre las leyes civiles y de la Iglesia y reflexionar en qué sentido me lleva a vivir más plenamente el amor.
Diálogo con Cristo
Señor, erróneamente existe la tendencia de pensar que así como el agua y el aceite no se mezclan, tampoco lo hacen tus mandamientos y la felicidad. Por eso, con diligencia voy adormilando mi conciencia, y sutilmente hago a un lado todo lo que implique renuncia, esfuerzo, sacrificio. Gracias por recordarme que me ofreces tu gracia y amor para ser fiel siempre a tu ley, que tiene como fundamento el amor.
https://www.facebook.com/snfranciscoxavier.comunidadcatolica?ref=tn_tnmn
Cambiar es hacer que el pasado siga creciendo
Miércoles de la Décima Semana“Dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas, no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley”. ( Mt 5,17-19)
Jesús no vine a destruir sino a construir.
Tampoco la historia de Dios comienza con Él.
Dios ha estado acompañando a su pueblo desde siempre.
Dios se ha ido revelando poco a poco, al ritmo de las posibilidades del hombre.
Por eso mismo, Jesús no viene a borrar con el codo lo que Dios ha escrito hasta ahora.
Por eso mismo, Jesús no viene a silenciar con su voz, la voz de Dios a través de tantos siglos de historia.
Incluso resulta interesante ver, en el Evangelio de Mateo, que es el Evangelio más en sintonía con el judaísmo, cómo cita 452 veces el Antiguo Testamento.
Tampoco nosotros destruimos lo que hay de niño en el joven.
Ni destruimos lo que hay de joven en el adulto.
Ni lo que hay de adulto en el anciano.
No cortamos el tronquito débil y tierno del árbol cuando éste se hace adulto.
Sin negar lo que llevamos niño, le ayudamos a hacerse joven.
Sin negar lo que llevamos de joven, le ayudamos a madurar en hombre adulto.
Sin negar lo que llevamos de adulto, le ayudamos a envejecer con elegancia y dignidad.
Eso es lo que nos viene a decir Jesús.
“No he venido a abolir la Ley ni a silenciar a los profetas”.
He venido a llevarlos a su plenitud.
Tal vez ese pudiera ser uno de nuestros problemas hoy.
Tratar de destruir el pasado pensando en construir el futuro.
Tratar de negar el valor del ayer, pensando en valorar el presente.
Como también podemos correr la otra tentación que no es menos peligrosa:
Querer quedarnos anclados en el pasado, negándonos a abrirnos al futuro.
Querer vivir sólo del futuro, arrancando nuestras raíces del pasado.
Todo organismo vivo es un proceso de vida y continuidad:
Nace.
Crece.
Se desarrolla y madura.
Jesús no niega el pasado de la historia de Dios con su pueblo.
Pero Jesús viene a darle crecimiento, desarrollo y plenitud.
La ley se dio en un momento de esa historia, adaptada a la realidad del pueblo.
Pero la historia no se detiene y es preciso adaptar los zapatos a la medida en la que crecen nuestros pies.
El vestido de Primera Comunión, estuvo muy bonito ese día.
Pero no sirve ya para llevarlo el día de la boda.
Por eso Jesús dirá más adelante: “antes se dijo”, pero “yo os digo”.
Y en el Tabor, presentes Moisés y Elías, Dios deja escuchar su voz para decirnos: “Este es mi Hijo, escuchadle”.
Ahora mi voz no está en Moisés ni en Elías, que tuvieron su momento.
Ahora hablo por mi Hijo. El es mi voz.
Por eso la fidelidad al pasado no es dejarlo en el pasado, sino darle nueva vida en el presente.
La mejor fidelidad al ayer es darle vida, actualizar para que se haga presente.
Los cambios no son simples caprichos de quienes tratan de vivir a la moda de turno.
Cambiar es hacer que el pasado siga creciendo, cambiando, mejorando, teniendo nueva vida.
Jesús no suprime los Diez Mandamientos del Decálogo.
Pero les da nueva vida reduciéndolos a dos: amor a Dios y amor al prójimo.
Nuestra misión:
No es quedarnos en el pasado.
No es vivir del pasado.
Sino prolongar el pasado en la novedad del presente.
Y prolongar el presente en el futuro.
El árbol que se queda en la raíces no crece.
Pero el árbol al que se le quitan sus raíces se muere.
Hay vida donde hay historia.
Hay pasado donde hay futuro.
juanjauregui.es

