Santo Evangelio Junio 10, 2014Ustedes son la luz del mundo
Mateo 5, 13-16.
Tiempo Ordinario.
El que lleva la luz de la fe no puede ir con la cabeza agachada.
Del santo Evangelio según san Mateo 5, 13-16
«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Oración introductoria
Dios mío, me has llamado a la santidad. Ilumina mi mente y mi corazón en esta oración para descubrir dónde se encuentra la verdadera felicidad, sólo ésta quiero desear y no las burdas imitaciones que me ofrece el mundo.
Petición
Señor, te pido que deje entrar tu luz a mi conciencia para ser sal que ilumine y dé sabor a la vida de los demás.
Meditación del Papa Francisco
¿Qué es la sal en la vida de un cristiano, cuál es la sal que nos dio Jesús? La sal que nos da el Señor es la sal de la fe, de la esperanza y de la caridad. Pero hay que tener cuidado de que esta sal, que hemos recibido de la certeza de que Jesús murió y resucitó para salvarnos, no pierda su sabor, que no pierda su fuerza. Esta sal no es para conservarla, porque si la sal se conserva en un frasco no consigue nada, no sirve.
La sal tiene sentido cuando se da para condimentar las cosas. También creo que la sal guardada en un frasco, con la humedad, pierde fuerza y no sirve. La sal que hemos recibido es para darla, es para condimentar, está para ofrecerla. Lo contrario la vuelve insípida y no sirve. Debemos pedirle al Señor no ser cristianos con sal pero sin sabor, con sal guardada en un frasco. Pero la sal también tiene otra característica especial: cuando la sal se utiliza bien, no se siente el sabor de la sal... ¡No se siente! Se siente el sabor de cada comida: la sal ayuda a que el sabor de aquella comida sea mejor, se conserve más, sea más buena, más sabrosa. ¡Esta es la originalidad cristiana!
Cuando predicamos la fe, con esta sal, los que reciben el anuncio, lo reciben a su manera, como para las comidas. Y así, cada uno, con sus propias peculiaridades, recibe la sal y esta se vuelve mejor» (S.S. Francisco, 23 de mayo de 2013, homilía en Santa Marta). .
Reflexión
¡Cuántas veces ponemos sal a los alimentos para darles más sabor! Jesucristo usa los hechos de la vida común para darnos una enseñanza. En esta ocasión, Jesús habla con comparaciones a sus seguidores. Los compara con la sal y con la luz.
Ser sal es dar sabor, es cambiar el gusto a las cosas que normalmente pasan o que no podemos evitar, como el dolor físico o moral. Cosas que a veces hasta nos hunden en un vacío de amargura tan desabrido como la sal que ha perdido su sabor. Darle sabor a la vida es cambiar el vinagre en vino dulce.
Cuando el sufrimiento nos aflige debemos ponerle un poco de esa sal que cambia ese mal rato en algo mejor. La sal es el amor. Sólo el amor tiene las cualidades de la sal que da sabor a nuestras angustias más íntimas. El amor pone sabor a todo. Amor que es la característica del cristiano. Amor que se traduce en caridad, perdón, servicialidad con mi prójimo.
La luz y la oscuridad nunca se juntan, es imposible unir el día con la noche. Debemos ser para los demás, alzándonos del polvo de la tierra que son la concupiscencia de la carne y la soberbia del espíritu. Debemos levantar la antorcha de luz, nuestra fe. Sin miedo, orgullosos de ser cristianos. El que lleva la luz de la fe no puede ir con la cabeza agachada, sino con una sonrisa en el rostro. La alegría de ser sal y ser luz para el mundo está en Cristo que murió y resucitó por cada uno de nosotros.
Propósito
Ser el primero en disculparme u ofrecer una solución en alguna discusión que se presente.
Diálogo con Cristo
Jesús, me llamas a ser la sal y la luz para los demás, esto implica que mi testimonio de vida, palabras y acciones deben ser un reflejo de tu amor, de tu misericordia infinita. Tu gracia es la fuente para la felicidad. Ayúdame, Señor, a guiarme en todo por el Espíritu Santo, para que Él sea quien edifique, en mí, al auténtico testigo de tu amor
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Ser sal y luz
Martes de la Décima Semana“Dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de un monte”. (Mt 5, 13-16)
Todos conocemos los efectos de la sal.
Sobre todo hoy, los médicos nos racionan mucho la sal.
Pero, confieso que a mí una comida sin sal no me sabe a nada.
Una de mis experiencias de niño es cuando se mataban los cerdos y la carne, sobre todo los jamones, se guardaban en una artesa toda llena de sal.
En aquel entonces no entendía el por qué de tanta sal.
Más tarde comprendí que era para conservar en buenas condiciones la carne.
Y ya más tarde, a lo largo de mis estudios descubrí un nuevo efecto de la sal.
Ya no era solo para darle sabor a las comidas.
Sino que también era uno de los signos y señales de los pactos y alianzas. “Alianza en la sal”.
Una alianza que tenía toda la seriedad de una palabra comprometida.
Una alianza que tenía toda la seriedad de algo definitivo.
Una alianza que tenía toda la seriedad de algo que no podía romperse.
Antes, cuando al bautizar a los niños se les ponía sal en la lengua, se sentían incómodos.
Claro que preferían un turrón de azúcar a la sal.
Y sin embargo, era el bello símbolo del cristiano:
Del cristiano que no solo daba gusto y sabor a la vida.
Del cristiano que no solo daba un nuevo gusto y un nuevo sabor al mundo.
Sino del cristiano que sellaba su amistad con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su alianza con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su condición de cristiano para toda la vida.
Sino del cristiano que sellaba su fidelidad bautismal, aunque tuviese que vivir en un mundo de mayores condescendencias y facilidades.
Ahora entiendo por qué Jesús lo primero que nos pide a los cristianos es ser “sal de la tierra”.
Sal para el paladar de la vida.
Sal para confirmar nuestra fidelidad, por más que “nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por su causa”.
Sal que, que por encima de las persecuciones nos hace “estar alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.
Y por eso, Jesús nos pone de sobre aviso: “no perder nuestra condición de sal”.
Porque si sus seguidores perdemos esa condición de “sal” hemos perdido el sentido de nuestras vidas en el mundo. Ya solo servimos “para que se nos tire fuere y que la pise la gente”.
Lo que sí siempre me ha gustado es la luz.
Pero no esa luz de las lámparas a pilas.
No esa luz de candil a petróleo.
No esa luz de candil a carburo.
Sino esa luz que tiene como central de energía a Jesús mismo.
Somos luz en la medida en que estamos conectados vitalmente con Jesús.
Somos luz en la medida en que Jesús resplandece en nuestras vidas.
Somos luz en la medida en que Jesús nos ilumine para que iluminemos.
Y ya es hora de que superemos esas falsas humildades de “que no vean lo buenos que somos y lo bueno que hacemos”.
Las ciudades construidas en la cima del monte no son para ocultarse por la niebla.
Las lámparas metidas debajo de una mesa tampoco iluminan.
“Que vean la bondad de nuestras vidas.
Que vean lo bueno que hacemos”.
No para que nos alaben, sino para que a nuestro alrededor haya más luz de Evangelio y la gente “glorifique al Padre que está en el cielo”.
Está bien amigos, que no seamos exhibicionistas de lo que hacemos.
Pero tampoco nos consideremos tan poca cosa que nos escondamos.
Que los demás nos vean.
Que los demás tengan más luz en su camino.
Que los demás nos alaban, pues bendito sea Dios.
Que los demás nos tengan por santos, ¿acaso preferís que nos tengan por pecadores?