Evangelio y Comentario de hoy Lunes 21 de Abril 2014

Día litúrgico: Lunes de la octava de Pascua
Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.
Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos
Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14).

Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre.

Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía!

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (Juan Pablo II).


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¿Dónde encontrar a Dios?

Dios es original y desconcertante. Su lógica en nada coincide con nuestra lógica . De Melo cuenta una historieta en la que pone de manifiesto estas curiosidades de Dios.
Entre tantas de sus cosas, un día a Dios se le ocurrió bajar al mundo a divertirse con los hombres jugando con ellos al escondite. Como no estaba acostumbrado a esos juegos, consultó primero con los ángeles.
¿Dónde encontraría el mejor escondite para que los hombres no pudiesen dar con él? Algunos le dijeron: “Lo mejor es que te escondas en el fondo del mar. Allí nadie te irá a buscar”. Otros le aconsejaron que el mejor lugar sería el cementerio del pueblo. Con el miedo que tiene la gente a los muertos, jamás se les va a ocurrir buscarlo allí. De pronto escuchó a hablar de un gran sabio que había en la tierra. Y Dios se dijo a sí mismo: mejor le consultó al sabio porque debe conocer muy bien a los hombres. Cuando Dios le consultó al sabio, éste muy sereno le respondió: “Si no quiere que nadie le encuentre, escóndase en el corazón de los hombres. Y verá que allí nadie lo va a buscar”.

Siempre es más fácil buscar lejos. ¿Será por eso que las grandes noticias también vienen siempre de lejos? Es que las de cerca pareciera que no tienen interés. Y por eso conocemos mejor a los de fuera que a los de dentro. Sabemos mucho de los que están lejos y sabemos muy poco de los que tenemos en casa.
Tenía un compañero en el Seminario. En aquel entonces era costumbre entre nosotros los estudiantes, a la noche en la oración, hacer una breve reflexión a los compañeros. Este buen compañero siempre comenzaba diciendo: “Dice un filósofo chino....” “Dice un filósofo griego...” Nunca decía el nombre del filósofo. Un día, le pregunté: “Oye, quién es ese filósofo chino a quien has citado”. Con mucha malicia me respondió: “Yo”. Pero si digo que soy yo ninguno de vosotros me creeríais, pero cuando lo digo en nombre de un filósofo, todos me creéis”.
A parte de la falta de confianza y seguridad en sí mismo, ponía de manifiesto la mentalidad de los que le escuchábamos. No creemos a los nuestros. No creemos a los que tenemos cerca. Mejor escuchamos a los de lejos a quienes no conocemos.

Y Dios no se revela desde lejos, sino que se revela acercándose siempre al hombre. ¿A caso la encarnación no significa la cercanía de Dios al hombre? Siempre nos lo imaginamos “en el cielo”, cuando en realidad, Dios vive mucho más en la tierra donde tiene los tesoros de su corazón que somos las personas. Cuando queremos vernos con Dios, lo primero que pensamos es: “tengo que ir a la Iglesia”.
¿A cuántos se les ocurre visitar a Dios en el propio corazón?

¿Quieres encontrarte con El? Búscalo en tu corazón.
No tienes por qué ir tan lejos. Porque lo tienes demasiado cerca. Dentro de ti mismo.
Además lo puedes ver, cerrando tus ojos.
Le puedes hablar sin necesidad de palabras.
Le puedes adorar sin necesidad de ponerte de rodillas.

Este fue el problema de la Pascua para María Magdalena y los discípulos.
Lo buscaban entre los muertos y El estaba jugando con las flores en el jardín.
Lo buscaban en el sepulcro y El estaba ya en sus corazones.
La Pascua de Resurrección fue un verdadero jugar de Dios con los hombres al escondite.
Resucitó donde menos ellos lo podían esperar.
Miraban a la oscuridad del sepulcro, y El disfrutando del bello sol del jardín.
Lo que ellos consideraban “tristeza”, era El empujándolos a descubrirlo.
Lo que ellos consideraban “vacío”, era El empujándolos a encontrarlo.
Como a nosotros...

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