San Francisco Javier, religioso presbítero
Memoria
de san Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de
Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de
los primeros compañeros de san Ignacio que, movido por el ardor de
dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables
pueblos en la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón.
Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon,
en China, consumido por la enfermedad y los trabajos.
Cristo
confió a sus Apóstoles la misión de ir a predicar a todas las naciones.
En todas las épocas, Dios ha suscitado y llenado de su Espíritu divino a
hombres dispuestos a continuar esa ardua misión. Enviados con la
autoridad y en el nombre de Cristo por los sucesores de los apóstoles en
el gobierno de la Iglesia, esos hombres han conducido al redil de
Cristo a todas las naciones, con el propósito de completar el número de
los santos. Entre los misioneros que más éxito han tenido en la tarea,
se cuenta al ilustre san Francisco Javier, a quien san Pío X nombró
patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras
relacionadas con la propagación de la fe. Francisco Javier fue sin duda
uno de los misioneros más grandes que han existido. A este propósito,
vale la pena citar, entre otros, el testimonio sorprendente de Sir
Walter Scott: «El protestante más rígido y el filósofo más indiferente
no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir,
con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del
mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna». Francisco nació
en Navarra, cerca de Pamplona, en el castillo de Javier, en 1506; su
nombre completo era Francisco Javier de Jassu y Azpilcueta, y su lengua
materna el vascuense (euskera). El futuro santo era el benjamín de la
familia. A los dieciocho años, fue a estudiar a la Universidad de París,
en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de
licenciado. Allí conoció a Ignacio de Loyola, a cuya influencia opuso
resistencia al principio. Sin embargo, fue uno de los siete primeros
jesuitas que se consagraron al servicio de Dios en Montmartre, en 1534.
Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años
más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente
Compañía. En 1540, San Ignacio envió a Francisco Javier y a Simón
Rodríguez a la India. Fue esa la primera expedición misional de la
Compañía de Jesús.
Francisco
Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a
reunirse con el P. Rodríguez, quien moraba en un hospital donde se
ocupaba de asistir e instruir a los enfermos. Javier se hospedó también
allí y ambos solían salir a instruir y catequizar en la ciudad. Pasaban
los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los
tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo
que quedarse en Lisboa. También san Francisco Javier se vio obligado a
permanecer allí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a san
Ignacio: «El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque
piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allá».
Antes de la partida de Javier, que tuvo lugar el 7 de abril de 1541, día
de su trigésimo quinto cumpleaños, el rey le entregó un breve por el
que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el Oriente. El monarca no
pudo conseguir que aceptase como presente más que un poco de ropa y
algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado,
alegando que «la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar
los propios vestidos sin que nadie lo sepa». Con él partieron a la
India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas,
un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una
afectuosa carta de despedida que el santo escribió a san Ignacio, le
decía a propósito de este último, que poseía «un bagaje de celo, virtud y
sencillez, más que de ciencia extraordinaria». Francisco Javier partió
en el barco que transportaba al gobernador de la India, Don Martín
Alfonso de Sousa. Otros cuatro navíos completaban la flota. En la nave
del almirante, además de la tripulación, había pasajeros, soldados,
esclavos y convictos. Francisco se encargó de catequizar a todos. Los
domingos predicaba al pie del palo mayor de la nave. Por otra parte,
convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los
enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron
sufrir mucho a él también. Entre la tripulación y entre los pasajeros
había gentes de toda especie, de suerte que Javier tuvo que mediar en
reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Pronto se
desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los tres misioneros se
encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó cinco meses
para doblar el Cabo de Buena Esperanza y llegar a Mozambique, donde se
detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este del Africa y
se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, dos meses después de haber
zarpado de este último puerto, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo
de 1542, al cabo de tres meses de viaje (es decir, el doble del tiempo
normal). San Francisco Javier se estableció en el hospital hasta que
llegaron sus compañeros, cuyo navío se había retrasado.
Goa
era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de
cristianos, y la organización eclesiástica estaba compuesta por un
obispo, el clero secular y regular, y varias iglesias. Desgraciadamente,
muchos de los portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición,
la avaricia, la usura y los vicios, hasta el extremo de olvidar
completamente que eran cristianos. Los sacramentos habían caído en
desuso; fuera de Goa había a lo más, cuatro predicadores y ninguno de
ellos era sacerdote; los portugueses usaban el rosario para contar el
número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa
conducta de los cristianos, que vivían en abierta oposición con la fe
que profesaban y así alejaban de la fe a los infieles, fue una especie
de reto para san Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a
los portugueses en los principios de la religión y formar a los jóvenes
en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y
consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones
miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los
niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el
santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la manera de practicar la
vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos,
predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su
amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de
los excesos más comunes era el concubinato de los portugueses de todas
las clases sociales con las mujeres del país, dado que había en Goa muy
pocas cristianas portuguesas. Tursellini, el autor de la primera
biografía de san Francisco Javier, que fue publicada en 1594, describe
con viveza los métodos que empleó el santo contra ese exceso. Por ellos,
puede verse el tacto con que supo Javier predicar la moralidad
cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los
instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los
ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la
música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, se
cantaban las canciones que él había compuesto, lo mismo en las calles
que en las casas, en los campos que en los talleres.
Cinco
meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería,
que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla
de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el
bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes
y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las
supersticiones del paganismo y praticaban sus errores (el P. Coleridge,
S.J. escribe con razón: «Probablemente todos los misioneros que han ido a
regiones en las que sus compatriotas se hallaban ya establecidos ...
han encontrado en ellos a los peores enemigos de su obra de
evangelización. En este sentido, las naciones católicas son tan
culpables como las protestantes. España, Francia y Portugal son tan
culpables corno Inglaterra y Holanda»). Javier partió en auxilio de esa
tribu que «sólo sabía que era cristiana y nada más». El santo hizo trece
veces aquel viaje tan peligroso, bajo el tórrido calor del sur de Asia.
A pesar de la dificultad, se puso a aprender el idioma nativo y a
instruir y confirmar a los ya bautizados. Particular atención consagró a
la enseñanza del catecismo a los niños. Los paravas, que hasta entonces
no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en
grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de
Europa que, algunas veces, tenía los brazos tan fatigados por
administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos
paravas que eran de casta baja, dispensaron a san Francisco Javier una
acogida calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase elevada,
recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan
reducido que, al cabo de doce meses, sólo había logrado convertir a un
brahamán. Según parece, en aquella época Dios obró varias curaciones
milagrosas por medio de Javier.
Por
su parte, Javier se adaptaba plenamente al pueblo con el que vivía. Lo
mismo que los pobres, comía arroz, bebía agua y dormía en el suelo de
una pobre choza. Dios le concedió maravillosas consolaciones interiores.
Con frecuencia, decía Javier de sí mimo: «Oigo exclamar a este pobre
hombre que trabaja en la viña de Dios: 'Señor no me des tantos consuelos
en esta vida; pero, si tu misericordia ha decidido dármelos, llévame
entonces todo entero a gozar plenamente de Ti'». Javier regresó a Goa en
busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos
sacerdotes y un catequista indígenas y con Francisco Mansilhas a quienes
dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una
serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes
para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que
se enfrentó. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y de
los portugueses se convirtió en lo que él describía como «una espina que
llevo constantemente en el corazón». En cierta ocasión, fue raptado un
esclavo indio y el santo escribió: «¿Les gustaría a los portugueses que
uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior
del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses».
Poco tiempo después, san Francisco Javier extendió sus actividades a
Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es
cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que
bautizó a muchos de los habitantes. En seguida, escribió al P.
Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos.
En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes seguramente
divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del
misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín
y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se
llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional
del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al
encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a
detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la
evangelización; así, por ejemplo, el comandante de la región estaba en
tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio
comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, san
Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: «Os suplico,
por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora». De no
haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, el enemigo hubiese
exterminado a los paravas. Y hay que decir, en honor de esa tribu, que
su firmeza en la fe católica resistió a todos los embates.
El
reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos
que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar allí a 600
cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición
punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a
ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo
decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario de Santo Tomás
en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía
prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de san
Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores
públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le
atribuyen también otros milagros. En 1545, el santo escribió desde
Cochín una extensa carta muy franca al rey, en la que le daba cuenta del
estado de la misión. En ella habla del peligro en que estaban los
neófitos de volver al paganismo, «escandalizados y desalentados por las
injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de
Vuestra Majestad ... Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a
juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor:
'¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbditos sobre los que tenías
autoridad y que me hicieron la guerra en la India?'». El santo habla muy
elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y
ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que
éste haya rendido su informe en Lisboa. «Como espero morir en estas
partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo,
ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el
otro, donde ciertamente estaremos más descansados que en éste». San
Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una
carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza
acerca de los europeos: «No titubean en hacer el mal, porque piensan que
no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio.
Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la
conjugación del verbo 'robar'».
En
la primavera de 1545, san Francisco Javier partió para Malaca, donde
pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera.
Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y,
desde entonces, se había convertido en un centro de costumbres
licenciosas. Anticipándose a la moda que se introduciría varios siglos
más tarde, las jóvenes se paseaban en pantalones, sin tener siquiera la
excusa de que trabajaban como los hombres. El santo fue acogido en la
ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus
esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil
seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente
interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido,
visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y
que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció
el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en
algunos de los cuales había colonias de mercaderes portugueses. Aunque
sufrió mucho en aquella misión, escribió a san Ignacio: «Los peligros a
los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son
primaveras de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que
el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se
trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas
delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las
duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los
enemigos declarados y los amigos aparentes». De vuelta a Malaca, el
santo pasó ahí otros cuatro meses, predicando a aquellos cristianos tan
poco generosos. Antes de partir a la India, oyó hablar del Japón a unos
mercaderes portugueses y conoció personalmente a un fugitivo del Japón,
llamado Anjiro. Javier desembarcó nuevamente en la India, en enero de
1548.
Pasó
los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y
Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el «Colegio
Internacional de San Pablo» de Goa) y preparar su partida al misterioso
Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo.
Entonces, escribió la última carta al rey Juan III, a propósito de un
obispo armenio y de un fraile franciscano. En ella decía: «La
experiencia me ha enseñado que Vuestra Majestad tiene poder para
arrebatar a las Indias sus riquezas y disfrutar de ellas, pero no lo
tiene para difundir la fe cristiana». En abril de 1549, partió de la
India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un
hermano coadjutor, por Anjiro (que había tomado el nombre de Pablo) y
por otros dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día
de la fiesta de la Asunción del mismo año, desembarcaron en Kagoshima,
en tierra japonesa.
En
Kagoshima, los habitantes los dejaron en paz. San Francisco Javier se
dedicó a aprender el japonés. Lejos de poseer el don de lenguas que
algunos le atribuyen, el santo tenía más bien dificultad en aprender los
idiomas. Tradujo al japonés una exposición muy sencilla de la doctrina
cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al
cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello
provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que
siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio
con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes
de partir de Kagoshima, fue a visitar la fortaleza de Ichiku; ahí
convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a
algunas personas más y dejó la nueva cristiandad al cargo del criado.
Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la
Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada.
San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El
gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, de suerte que en
unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en
Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. de
Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en
Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo
ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de él.
Javier
quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad del
Japón. Después de trabajar un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó
algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Como
el mes de diciembre estaba ya muy avanzado, los aguaceros, la nieve y
los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero, llegaron
los misioneros a Miyako. Allí se enteró el santo de que para tener una
entrevista con el mikado (cuyo poder era sólo aparente) necesitaba pagar
una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como la guerra
civil hacía estragos en la ciudad, san Francisco Javier comprendió que,
por el momento, no podía hacer ningún bien allí, por lo cual volvió a
Yamaguchi, quince días después. Viendo que la pobreza evangélica no
producía en el Japón el mismo efecto que en la India, el santo cambió de
método. Vestido decentemente y escoltado por sus compañeros, se
presentó ante el gobernador como embajador de Portugal, le entregó las
cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le
regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas.
El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de
predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase
mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, san
Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.
Habiéndose
enterado de que un navío portugués había atracado en Funai (Oita) de
Kiushu, el santo partió para allá. Uno de los miembros de la expedición
era el viajero Fernando Méndez Pinto, quien dejó una descripción muy
completa y divertida de la procesión que organizaron los portugueses
para acompañar ceremoniosamente a su admirado Javier en su visita al
gobernador de la ciudad. Desgraciadamente, Méndez Pinto era un escritor
muy imaginativo, de suerte que no se puede dar crédito a lo que nos
cuenta sobre las actividades y peripecias del santo en Funai. Francisco
Javier resolvió partir en ese barco portugués a visitar sus
cristiandades de la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los
cristianos del Japón, que eran ya unos 2000 y constuían la semilla de
tantos mártires del futuro, quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y
del hermano Fernández. A pesar de los descalabros que había sufrido en
el Japón, San Francisco Javier opinaba que «no hay entre los infieles
ningún pueblo más bien dotado que el japonés».
La
cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier;
pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos,
tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y
todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Francisco
Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. Cuatro meses
después, el 25 de abril de 1552, se embarcó nuevamente, llevando por
compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio y un
joven chino que hubiera sido su intérprete si no hubiese olvidado su
lengua natal. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a
quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de
China.
San
Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro
de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la
región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se
negó a dejarle partir, tanto en calidad de embajador como de
comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Francisco
Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve de Paulo III por el
que había sido nombrado nuncio apostólico. Por él hecho de oponer
obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en la excomunión.
Desgraciadamente, el santo había dejado en Goa el original del breve
pontificio. Finalmente, Ataide permitió que Francisco Javier partiese a
la China en la nave de Pereira, pero no dejó que este último se
embarcase. Pereira tuvo la nobleza de aceptar el trato. Como el fin de
la embajada hubiese fracasado, el santo envió al Japón al otro sacerdote
jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba
Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en
China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A
fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de
Sancián (Shang-Chawan), que dista unos veinte kilómetros de la costa y
está situada a cien kilómetros al sur de Hong Kong.
Por
medio de una de las naves, Francisco Javier escribió desde allí varias
cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: «Si
hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y
a vos se deberá su éxito». En seguida, describía las medidas que había
tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido
que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en
Cantón, no sin exigirle que jurase que no revelaría su nombre a nadie.
En tanto que llegaba la ocasión de realizar el proyecto, Javier cayó
enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se
encontró en la miseria. En su última carta escribió: «Hace mucho tiempo
que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora». El mercader chino no
volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por
una fiebre y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo
daño, de suerte que al día siguiente pidió que le transportasen de nuevo
a tierra. En el navío predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide,
los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa,
expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante
portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba
por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier recostado, consumido por
la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno.
Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a
poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió
Antonio, «viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio
encendido. Poco después, entregó el alma a su Creador y Señor con gran
paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús». San Francisco Javier
tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el Oriente.
Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio,
un portugués y dos esclavos (el fiel Antonio describió los últimos días
del santo, en una carta a Manuel Teixeira, el cual la publicó en su
biografía del santo).
Uno
de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro
el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas
después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro,
los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que
no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto
y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos
salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin
del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se
hallaba incorrupto. Allí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.
Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de
Loyola, Teresa de Avila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.
l Papa Pío X nombró a San Francisco
Javier como Patrono de todos los misioneros porque fue sin duda uno de
los misioneros más grandes que han existido, siendo llamado con justa
razón el "gigante de la historia de las misiones"
San Francisco
Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años
recorrió la India (país inmenso), el Japón y varios países más. Su deseo
de ir a Japón era tan grande que exclamaba: "si no consigo barco, iré
nadando". Fue un verdadero héroe misional.
El santo nació cerca
de Pamplona (España) en el castillo de Javier, en el año 1506. Fue
enviado a estudiar a la Universidad de París, y estando allí conoció a
San Ignacio de Loyola con quien estableció una sólida y bonita amistad.
San Ignacio le repetía constantemente la famosa frase de Jesucristo:
"¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí
mismo?" y fue justamente esta amistad y las frecuentes pláticas e
intensas oraciones lo que transformó por completo a San Francisco
Javier, quien fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales
San Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas.
Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china.
Pero en ese lugar estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa.
Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla
desierta de San Cian, a 100 kilómetros de Hong - Kong, pero allí lo
dejaron abandonado, se enfermó y consumido por la fiebre, murió el 3 de
diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús, la edad de 46 años.
Años más tarde, sus compañeros de la congregación quisieron llevar sus
restos a Goa, y encontraron su cuerpo incorrupto, conservándose así
hasta nuestros días. San Francisco Javier fue declarado santo por el
Sumo Pontífice en 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y
San Isidro.
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