Evangelio y Comentario de hoy Viernes 19 de Septiembre 2014

Día litúrgico: Viernes XXIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)

Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios
Hoy, nos fijamos en el Evangelio en lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. San Lucas nos lo narra con pocas palabras: «Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva» (Lc 8,1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de Luz del Santo Rosario.

Comentando este misterio dice el Papa Juan Pablo II: «Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a Él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia».

Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos El Evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, cuando nos dedicamos con esfuerzo y constancia al trabajo de cada día, cuando tratamos con la familia, los amigos o los vecinos, cuando ayudamos a aquella persona necesitada material o espiritualmente, cuando descansamos o nos divertimos... En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo como aquellos doce y aquellas santas mujeres.

Pero, además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser también “Jesús que pasa”, para hablar —con nuestras obras y nuestras palabras— a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar.

La primera en seguir a Jesús y en “ser Jesús” es María. ¡Que Ella con su ejemplo y su intercesión nos ayude!



https://www.facebook.com/snfranciscoxavier.comunidadcatolica

Viernes de la semana 24 del tiempo ordinario
“Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María, la Magdalena, de la que habían salido siente demonios”. (Lc 8,1-3)

Mujeres que colaboran con Jesús.
Contexto social y religioso
Una de las cuestiones candentes en la sociedad es, sin duda, la de la promoción de la mujer. Los partidos políticos se imponen cuotas para forzarse a dar participación política y social a la mujer. Existe dentro y fuera de la Iglesia un debate vivo sobre la ordenación sacerdotal de la mujer y sobre la conveniencia de que ocupen cargos directivos.
Ciertamente, Jesús no entregó el ministerio sacerdotal a ninguna mujer. ¿Se dejó arrastrar por la mentalidad antifeminista de su mundo cultural? El texto de hoy arroja mucha luz sobre el tema. Los tres versículos forman un "sumario" o resumen en el que el evangelista sintetiza el estilo de vida de Jesús. El dato aparentemente inocente de que "lo acompañaban también algunas mujeres", supuestamente un simple detalle narrativo, entraña en sí mismo un mensaje revolucionario.
Para sopesarlo en todo su valor, es preciso conocer la situación de la mujer en la sociedad de Jesús. Lucas es el que dedica mayor atención a la mujer en su evangelio. Jesús acepta mujeres en el grupo de sus seguidores, algo insólito para la mentalidad de aquella época. Su actitud respecto de la mujer contrasta con la de los rabinos, que dudaban de la capacidad de las mujeres para estudiar y comprender la Torá, el desarrollo de la ley mosaica. Ningún rabino tenía discípulas.
La mujer era realmente un ser humano de segunda categoría. Los hombres rezaban: "Te doy gracias, Señor, porque no me has hecho mujer". Se consideraba escandaloso que una mujer hablara en público con un extraño; y más escandaloso todavía que un rabino se entretuviera públicamente en el trato con alguna mujer. Por eso los discípulos se extrañaron de que Jesús hablara con la samaritana en un descampado (Jn 4,27).
Por otra parte, el testimonio de una mujer no era reconocido como válido para los juicios. Esta mentalidad es la que reflejan las apóstoles ante el testimonio de las mujeres de la comunidad sobre su encuentro con Jesús resucitado: "Sí, es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dicho, pero ... " (Lc 24,22). La mujer, en efecto, no contaba. Todavía hoy se reserva en las sinagogas judías un limitado espacio para las mujeres, muy reducido, comparado con el reservado a los hombres. Para dar comienzo a una liturgia judía se requería al menos la presencia de diez hombres. Las mujeres no contaban; carecían de igualdad de derechos incluso en lo religioso.
La revolución de Jesús
Jesús, en cambio, incorpora mujeres en su grupo itinerante de discípulos. Y no sólo mujeres piadosas de siempre, sino que así como llamó a Mateo el publicano, así también admitió a mujeres a las que había curado de malos espíritus, como María Magdalena, de la que habían salido siete demonios (había estado muy mal). Todas ellas ayudan al grupo apostólico con sus bienes.
Pero no queda ahí su colaboración. Lucas resalta el papel destacado de algunas mujeres en la muerte, sepultura y resurrección de Jesús. A pesar de los riesgos permanecerán al pie de la cruz junto al Maestro hasta el final de su martirio, cuando sus discípulos varones habían huido (Le 23,49). Ellas ayudaron a preparar el cuerpo para la sepultura desafiando a las autoridades; y finalmente dieron testimonio de la resurrección a los discípulos, aunque no les creyeron (Le 24,22).
Este evangelista resalta la presencia de las mujeres alrededor de Jesús desde el principio de su vida pública para legitimar su testimonio en medio de la Iglesia. En efecto, ha recogido un enorme número de tradiciones que provienen de medios femeninos y cuyo testimonio parecía insólito. El hecho de que estas mujeres hayan acompañado a Jesús desde el principio de su ministerio, exactamente igual que los apóstoles, les confería un título semejante al de ellos para anunciar el primer kerigma (mensaje) cristiano. De este modo, la mujer es igual que el hombre hasta en el anuncio apostólico del mensaje.
Ante Dios no hay distinción de dignidad entre hombre y mujer.
Cristo "derribó el muro de las separaciones" (Ef 2,14-16). Desde esta mentalidad evangélica Pablo insiste: 'Todos, al ser bautizados, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, siervo ni libre, varón ni mujer; todos sois uno en Cristo Jesús" (Gá 3,27-28; Col 3,11).
Jesús rompe con los tabúes.
La Iglesia de los primeros tiempos continuó la revolución de
Jesús: "Todos ellos se dedican a la oración en común, junto con algunas mujeres" (Hch 1,14). Había viudas, con un cometido especial en las comunidades: diaconisas, con responsabilidades concretas en la comunidad. Pablo habla de ellas.