Evangelio y Comentario de hoy Sabado 27 de Septiembre 2014

Día litúrgico: Sábado XXV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 9,43b-45): En aquel tiempo, estando todos maravillados por todas las cosas que Jesús hacía, dijo a sus discípulos: «Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres

Hoy, más de dos mil años después, el anuncio de la pasión de Jesús continúa provocándonos. Que el Autor de la Vida anuncie su entrega a manos de aquéllos por quienes ha venido a darlo todo es una clara provocación. Se podría decir que no era necesario, que fue una exageración. Olvidamos, una y otra vez, el peso que abruma el corazón de Cristo, nuestro pecado, el más radical de los males, la causa y el efecto de ponernos en el lugar de Dios. Más aún, de no dejarnos amar por Dios, y de empeñarnos en permanecer dentro de nuestras cortas categorías y de la inmediatez de la vida presente. Se nos hace tan necesario reconocer que somos pecadores como necesario es admitir que Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Al fin y al cabo, somos como los discípulos, «ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Lc 9,45).

Por decirlo con una imagen: podremos encontrar en el Cielo todos los vicios y pecados, menos la soberbia, puesto que el soberbio no reconoce nunca su pecado y no se deja perdonar por un Dios que ama hasta el punto de morir por nosotros. Y en el infierno podremos encontrar todas las virtudes, menos la humildad, pues el humilde se conoce tal como es y sabe muy bien que sin la gracia de Dios no puede dejar de ofenderlo, así como tampoco puede corresponder a su Bondad.

Una de las claves de la sabiduría cristiana es el reconocimiento de la grandeza y de la inmensidad del Amor de Dios, al mismo tiempo que admitimos nuestra pequeñez y la vileza de nuestro pecado. ¡Somos tan tardos en entenderlo! El día que descubramos que tenemos el Amor de Dios tan al alcance, aquel día diremos como san Agustín, con lágrimas de Amor: «¡Tarde te amé, Dios mío!». Aquel día puede ser hoy. Puede ser hoy. Puede ser.


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Sábado de la semana 26 del Tiempo Ordinario
 “Entre la admiración general por lo que decía, Jesús dijo a sus discípulos: “Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto”.                (Lc 9,43-46)
Jesús no quiere que los discípulos se queden con la admiración y aplauso de la gente, que siempre lleva un tufillo de vanagloria y triunfalismo.
Por eso, de inmediato les dice :
“Meteos bien esto en la cabeza: al hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”.
No se trata de decir algo por decirlo.
Jesús quiere poner en claro que lo que les va a decir tienen que meterlo bien en la cabeza.
Tiene que ser como la clave para entenderle.                                                          Tiene que ser como el eje para comprender su misterio.                                        Que lo que les va a decir tiene poco de aplauso.                                                       Que lo que les va a decir tiene poco de triunfalismo.
Quiere que entiendan que:
Su verdad está al final del camino: la cruz.
Hay cosas que son esenciales.                                                                                       Hay cosas sin las cuales todo queda sin sentido.
Y precisamente esas verdades son las que nos cuesta entender.
“Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”.                             Los discípulos no entienden de la misa a la media.                                                     Hay cosas que no caben en nuestra cabeza cuando está llena de otros valores.       Hay cosas que no queremos entender.                                                                        Hay cosas que no deseamos entender.                                                                        Hay cosas que preferimos no saberlas.                                                                       Hay cosas que preferimos ignorarlas.
Y no queremos entenderlas porque nos dan miedo.                                                       “Ojo que no ve corazón que no llora”.                                                                      “Verdad que no conozco no me molesta”.
Y por eso:
Preferimos, como los discípulos:                                                                                      No preguntar.                                                                                                                        No buscar.                                                                                                                           No interesarnos.
Entre esas cosas que no nos interesa preguntar es la Cruz. La palabra cruz siempre suena mal cuando preferimos una vida vivida a media caña.
El Papa Francisco tiene unas frases fundamentales, cuando dice:
«incluso Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: «Tu eres Cristo, el hijo de Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de la Cruz. Es algo que no tiene nada que ver… Te sigo, sin la Cruz».
Pero «cuando caminamos sin la Cruz, cuando construimos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la Cruz… no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor».
«Y yo quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor; sí, el valor: de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor, de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor que se derramó en la Cruz; y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado.
Y así, la Iglesia irá hacia delante. Deseo para todos nosotros que el Espíritu Santo y la oración de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo».
Y Pablo añadirá: “y éste crucificado”.
Cuando la Iglesia vive sin la experiencia de la cruz, no es la Iglesia de Jesús.         Cuando la Iglesia deja de anunciar la cruz, está aguando y rebajando el Evangelio.                                                                                                                                Cuando la Iglesia deja de “preguntar por miedo” por la cruz, se parece a los discípulos que durante la Pasión no dieron cara, y desaparecieron.                          Cuando el cristiano no tiene la cruz como criterio y norma de su vida, deja de ser cristiano, “está en el mundo y es del mundo”.
¿Para qué nos santiguaremos?                                                                                             ¿Para qué llevar un cruz al cuello?