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| No toméis nada para el camino |
Del santo Evangelio según san Lucas 9, 1-6 En aquel tiempo,
Jesús reunió a los Doce y les dio autoridad y
poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y
los envió a proclamar el Reino de Dios y a
curar. Y les dijo: No toméis nada para el camino,
ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis
dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos
en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto
a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad,
sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra
ellos. Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva
y curando por todas partes.
Oración introductoria Señor, quiero ponerme en camino
para predicar tu Reino con mi testimonio de vida. Inicio
poniendo en tus manos mi intención y te pido, en
esta oración, que me concedas un corazón generoso y seguro
de su misión, para la cual sólo necesito de tu
gracia.
Petición Jesús, dame tu gracia para ser un auténtico discípulo
y misionero de tu amor.
Meditación del Papa Francisco
El Reino
de Dios es un regalo. Desde el inicio de la
comunidad cristiana, esta actitud ha sido sometida a la tentación
de buscar la fuerza en otro lugar que no fuera
en la gratuidad, mientras que nuestra fuerza es la gratuidad
del evangelio. Siempre, en la Iglesia, ha habido esta tentación.
Y esto crea un poco de confusión, pues el anuncio
parece ser proselitismo, y de esa manera no va. El
Señor nos ha invitado a predicar, no a hacer proselitismo.
La Iglesia crece no por proselitismo, sino por atracción. Y
esta atracción viene del testimonio de aquellos que desde la
gratuidad anuncian la gratuidad de la salvación. Todo es gracia. Todo.
¿Y cuáles son las señales de cuando un apóstol vive
esta gratuidad? Hay muchos, en primer lugar, la pobreza. El
anuncio del evangelio debe ir por el camino de la
pobreza. El testimonio de esta pobreza: no tengo riquezas, mi
riqueza es solamente el don que he recibido, Dios. Esta
gratuidad: ¡esta es nuestra riqueza! Y esta pobreza nos salva
de convertirnos en organizadores, empresarios... Se deben llevar a cabo
las obras de la Iglesia, y algunas son un poco
complicadas; pero con corazón de pobreza, no con corazón de
inversionista o de un empresario, ¿no? (Cf. S.S. Francisco, 11
de junio de 2013, homilía en Santa Marta) .
Reflexión ¿Qué se
necesita para predicar el Evangelio? Conocerlo. Nada más.
Vamos, pues,
a descubrir dos lecciones que se esconden en este pasaje
de san Lucas.
La primera es la profunda fe que debe
tener el enviado a proclamar el Reino de Dios. Debe
poner toda su confianza en Dios y no en sus
propios recursos, sabiduría, medios técnicos, etc. Y esa fe exige
también el desapego de las comodidades y la esperanza de
que Dios proveerá todo aquello que necesite el apóstol para
cumplir con su labor.
La segunda enseñanza va dirigida a los
fieles que acogen al misionero, sacerdote o religiosa que viene
de parte de Dios. Porque si ellos han entregado su
vida, su tiempo y su esfuerzo para darnos a conocer
lo más importante, ¿cómo vamos a despedirles sin darles ni
siquiera de comer?
Jesús nos invita a atender las necesidades materiales
de la Iglesia. Por ejemplo, ¿sabes cuántos seminaristas se están
formando actualmente? ¿Y cómo lo harán para pagarse los estudios,
la alimentación, el vestido, etc? Sería muy triste que un
joven dejase casa, familia y amigos para abrazar la vocación
sacerdotal y luego no tuviese medios para completar su formación.
Es
buen momento para reflexionar en todo lo que nos da
la Iglesia y ver qué aportamos nosotros a cambio. Propósito Acercar a
Cristo, con mi oración y atención, a quien esté pasando
por la enfermedad.
Diálogo con Cristo Señor, el mundo necesita apóstoles
santos. La persona «moderna» se caracteriza por su insensibilidad e
indiferencia ante las necesidades de los demás. Por eso confío
en que esta oración me ayude a pasar mi vida
haciendo el bien, pensando bien, hablando bien y dando no
sólo lo que tengo, sino sobre todo, lo que soy,
con sencillez y generosidad.
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Traspaso de competencias
Miércoles de la semana 25 del tiempo ordinario
“Jesús reunió a los Doce y es dio poder y autoridad sobre toda
clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar
el Reino de Dios y a curar enfermos, diciéndoles: “No llevéis nada para
el camino…” (Lc 9,1-6)
Asistimos a un momento importante en el Evangelio.
Es el momento que llamaríamos el “traspaso”.
Jesús entrega a sus Doce la responsabilidad, el poder y la autoridad de proclamar el Evangelio.
¿Será algo parecido a esos universitarios que termina la carrera y tienen que “hacer sus prácticas” antes de graduarse?
Por primera vez:
Jesús confía a los hombres el anuncio del Evangelio.
Jesús confía a los hombres la proclamación del Reino.
Jesús confía a los hombres su propia misión.
Una especie de traspaso de competencias.
Una especie de traspaso de la misión que le ha sido encomendada.
Una especie de traspaso de la misión por la que se ha encarnado.
La primera palabra siempre la tiene Dios.
Pero luego, Dios confía su obra a los hombres.
Es algo parecido a lo del Éxodo: “Vio Dios el sufrimiento de su Pueblo”, “Escuchó Dios el dolor de su pueblo”.
Y no es Él quien vaya a sacarlo de esa esclavitud.
Le confía a Moisés: “Vete y saca a mi Pueblo”.
Ahora es Jesús que anuncia el Reino.
Pero comienza a confiarlo a los hombres.
“Luego los envió a proclamar el Reino de Dios”
Dios ve a la realidad del mundo y de los hombres.
Pero luego los “envía a que sean ellos los que lo proclamen”.
Nosotros tenemos la manía de pedir que Dios lo haga todo.
Tenemos esa mentalidad de que Dios lo tiene que hacer todo.
Cuando en realidad, Dios lo quiere hacer todo.
Pero contando con nosotros los hombres.
Es la confianza que Dios tiene en nosotros.
No nos dejará solos, pero dejará que seamos nosotros quienes lo hagamos.
No ignora nuestras debilidades.
Pero no será obstáculo para que confíe en nosotros y se fíe de nosotros.
Dios lo comienza todo, pero luego quiere que seamos nosotros quienes continuemos su obra.
Confiar en alguien es valorarlo.
Confiar en alguien es tener fe en él.
Lo podía hacer Él, pero quiere contar con nosotros.
Nos da su propio poder y su autoridad.
Pero no se trata de anunciar el Reino simplemente con palabras.
Dios les da autoridad sobre toda clase de demonios.
Dios les da autoridad para curar toda enfermedad.
El Evangelio se anuncia como palabra.
Pero el Evangelio es preciso anunciarlo con los signos del Reino.
Y estos signos son signos de liberación del hombre.
Dios quiere que anunciemos, pero quiere que lo hagamos mostrando los signos del Evangelio.
Dios quiere que anunciemos, pero manifestando el poder liberador del Evangelio.
Y los grandes signos liberadores del Reino y del Evangelio son
liberarles de los malos espíritus que llevan dentro y también la
liberación del sufrimiento humano.
Lo que más necesita el hombre es verse liberado del dolor y del sufrimiento.
Y este es uno de los poderes que Dios confía a los Doce.
Y este es uno de los poderes que Dios confía a la Iglesia.
No se trata de anunciar solamente la “salvación en el más allá”.
La Iglesia si quiere ser creíble y hacer creíble el Evangelio tiene que “salvar también aquí en la tierra”.
Lo cual significa que para la Iglesia:
Las esclavitudes humanas no pueden serle indiferentes.
Por eso el anuncio del Evangelio tendrá que ir siempre acompañado de signos de liberación.
Ellos son los que hacen creíble la fuerza del Evangelio.
El Evangelio hecho palabra es necesario.
Pero no suficiente, es necesario hacer que sea palabra liberadora.
juanjauregui.es
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