Evangelio y Comentario de hoy Viernes 15 de agosto 2014

Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net
El triunfo definitivo de María
Lucas 1, 39-56. Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Que hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, guía y compañera de camino hasta la eternidad.

El triunfo definitivo de María
Del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!Y dijo María: Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia- como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Oración introductoria

María, madre de Jesús y madre mía, tú escuchaste siempre a tu Hijo. Tú supiste glorificarlo y te llenaste de júbilo al saber reconocer a Dios. Estrella de la mañana, refugio de los pecadores, háblame de Él y muéstrame el camino para seguir a Cristo por el camino de la fe.

Petición

María, ayúdanos a imitar tu docilidad, tu silencio y escucha. María, háblanos de Jesús.

Meditación del Papa Francisco

Qué bello es esto: hacer memoria de Dios, como la Virgen María que, ante la obra maravillosa de Dios en su vida, no piensa en el honor, el prestigio, la riqueza, no se cierra en sí misma. Por el contrario, tras recibir el anuncio del Ángel y haber concebido al Hijo de Dios, ¿qué es lo que hace? Se pone en camino, va donde su anciana pariente Isabel, también ella encinta, para ayudarla; y al encontrarse con ella, su primer gesto es hacer memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en su vida, en la historia de su pueblo, en nuestra historia: "Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación". María tiene memoria de Dios. En este cántico de María está también la memoria de su historia personal, la historia de Dios con ella, su propia experiencia de fe. Y así es para cada uno de nosotros, para todo cristiano: la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma. (S.S. Francisco, 29 de septiembre de 2013).

Reflexión

Hay, en Jerusalén, dos basílicas cristianas dedicadas a la Asunción de la Santísima Virgen. Una, más pequeña y modesta en su fachada, pero muy hermosa por dentro, se encuentra al lado del huerto de Getsemaní. Está en el fondo del torrente Cedrón y muy cerquita de la basílica de la "Agonía" o de "Todas las naciones". La fachada es cruzada, pero el interior es la cripta de la primitiva iglesia bizantina construida a finales del siglo IV, durante el reinado de Teodosio el Grande (379-395). Y se cree que en este santo lugar yació el cuerpo de la Virgen María antes de ser asunta a los cielos.

La otra iglesia, ubicada en el Monte Sión, es una de las iglesias católicas más grandes y más magníficas de Jerusalén, y se le conoce con el nombre de "iglesia de la Dormición", pues en ella se pretende recordar y celebrar el "tránsito" de la Virgen de este mundo al otro. Está ubicada a unos cuantos pasos del Cenáculo, en donde nuestro Señor celebró la Última Cena con sus discípulos y en donde instituyó la Eucaristía.

Otra tradición dice que María murió en Éfeso, bajo el cuidado del apóstol san Juan. Pero no consta, ni parece verosímil que la Virgen se fuera a una ciudad tan lejana, ya anciana, siendo que en Jerusalén tendría a muchos de sus familiares. Además, la antiquísima veneración del sepulcro de la Virgen en Getsemaní y la celebración de la fiesta de la Dormición de María en Jerusalén inclinan la balanza hacia esta afirmación.

Sea como sea, el hecho es que, desde los primerísimos años de la Iglesia, ya se hablaba del "tránsito" de la Santísima Virgen, de su "dormición" temporal y de su "asunción" a los cielos. Y, sin embargo, aunque era una creencia general del pueblo cristiano, la Iglesia no proclamó este dogma sino hasta el año santo de 1950. Ha sido, hasta el presente, el último dogma mariano. La bula declaratoria de Pío XII reza así: "Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial".

La Asunción de María no se contiene de modo explícito en la Sagrada Escritura, pero sí implicítamente. El texto del Apocalipsis que escuchamos en la primera lectura de la Misa de hoy puede ser un atisbo, aunque no tiene allí su fundamento bíblico. Más bien, los Santos Padres y los teólogos católicos han visto vislumbrada esta verdad en tres elementos incontestables de nuestra fe: la unión estrecha entre el Hijo y la Madre, atestiguada en los Evangelios de la Infancia; la teología de la nueva Eva, imagen de la mujer nueva y madre nuestra en el orden de la gracia; y la maternidad divina y la perfecta redención de María por parte de Cristo. Todo esto "exigía" la proclamación de la Asunción de nuestra santísima Madre al cielo.

En efecto, la persuasión de todo el orbe católico acerca de la excelsa santidad de María, toda pura e inmaculada desde el primer instante de su concepción; el privilegio singularísimo de su divina maternidad y de su virginidad intacta; y su unión íntima e inseparable con Jesucristo, desde el momento de la Encarnación hasta el pie de la cruz y el día de la Ascensión de su Hijo al cielo, han sido siempre, desde los inicios, los argumentos más contundentes para creer que Dios no permitiría que su Madre se corrompiera en la oscuridad del sepulcro. Ella no podía sufrir las consecuencias de un pecado que no había conocido jamás.

"Con razón no quisiste, Señor -rezamos en el prefacio de la Misa de hoy- que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro".

La Asunción de nuestra Madre santísima constituye, además, una participación muy singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección y del triunfo definitivo de los demás cristianos, hijos suyos.

Ella, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y primicia de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. Y ya desde ahora, María brilla ante el pueblo de Dios, aún peregrino en este mundo, como faro luminoso, como estrella de la mañana, como señal de esperanza cierta, como causa de nuestra alegría, como auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos. ¡El triunfo de María es ya nuestro triunfo!

Propósito

¡Acójamos hoy a su regazo maternal y que María santísima, asunta hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, nuestra guía, nuestra protectora y abogada, nuestra reina y nuestra compañera de camino hasta la eternidad!

Diálogo con Cristo

"No se aparte María de tus labios ni de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora, no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si la contemplas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; si ella es tu guía, no te fatigarás; y si ella te ampara, llegarás felizmente al puerto". Texto de san Bernardo


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¿Cuál es tu Magnificat?

La Asunción de María “El hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”. (Lc 1, 39-56)
¡Qué peligrosas son dos mujeres juntas! A Isabel, sorprendida por la visita de la prima, se le agranda y ensancha el corazón con unas alabanzas a María que ponen al descubierto todo el misterio que María lleva dentro. Y María que se siente inundada del misterio que lleva en su seno, se despacha con el himno del Magníficat, que es como un resumen anticipado del Evangelio. No se queda ensimismada en sí misma. Y reconoce todo lo que el Señor ha hecho en ella. Se ve como la obra maravillosa de Dios. Es un canto al misterio de la gracia en el corazón humano.
Se siente la esclava. Pero se siente también la esclava en la que Dios ha desplegado todo su poder sobre la criatura humana. Su condición de una mujer cualquiera del pueblo no la inquieta, ella prefiere verse no desde sí misma sino desde lo que Dios hace en ella.

Siempre he sentido un gran cariño hacia el Magnificat de María, pues me ofrece una pedagogía de fe conmigo mismo.
Desde niños nos han enseñado más el pecado que la gracia.
Desde niños nos han ensañado más a sentir que somos nada o casi nada, y no lo grandes que somos para Dios.
Desde niños nos han enseñado una humildad que era un rebajarnos hasta sentirnos una basura, y no la humildad que es reconocer los dones de Dios en nosotros.
Desde niños nos han enseñado a hacer el examen de conciencia de lo malo que hacíamos y nunca nos han enseñado a reconocer lo bueno que había en nuestro corazón.
Desde niños nos han cortado las alas del espíritu que nos impedía volar más alto hacia las cumbres.
Eran más los “no” que los “sí”.

Y todo esto nos ha llevado a una espiritualidad de la negatividad. La espiritualidad del “no”. “No hacer”. En vez de esa otra espiritualidad del “sí” y la vivencia de nuestra fe “del hacer”. Y esa espiritualidad y esa experiencia de nuestra fe y de nuestra condición de pecadores, es posible que siga todavía muy metida dentro del corazón.
Por eso nos sentimos más malos que buenos.
Nos sentimos más esclavos que libres.
Nos sentimos más basura que grandeza.
Más lodazal que la flor que crece en medio.

Por eso mi pregunta cada día es: ¿Y cuál es hoy mi “magnificat”?
Porque en todos nosotros hay mucho más de bueno que de malo.
Porque en todos nosotros hay mucho más de gracia que de pecado.
Porque en todos nosotros hay más obra de Dios que obra nuestra.
Porque en todos nosotros hay mucho más de santos que de pecadores.

Es posible que, a lo largo del día, hayamos hecho muchas cosas malas. Pero ¿y cuántas cosas buenas no quedan, como huellas humanas del Dios que camina en nosotros? ¿Acaso no debiéramos también nosotros proclamar, como María, “las maravillas que Dios hace en nosotros”?
En vez de esos exámenes de conciencia negativos de los pecados que hemos hecho, ¿no sería mejor escribir cada día nuestro propio “Magnificat”?

El “Magnificat” de la bondad que hemos regalado a los demás.
El “Magnificat” de las sonrisas que hemos obsequiado a los que están a nuestro lado.
El “Magnificat” de tantos gestos de servicio para con los demás.
El “Magnificat” de esas penas y sufrimientos que hemos aliviado.
El “Magnificat” de esas soledades que hemos acompañado.
El “Magnificat” de esos sentimientos de generosidad que Dios ha despertado en nosotros.

¿No crees que sería bueno escribir tu Magnificat el día de tu cumpleaños?
¿No crees que sería bueno escribir tu Magnificat cada fin de año?
¿Qué ha hecho Dios en mí este año? ¿Cuáles son las maravillas que hay en mí?
¿Y el “Magnificat” de tu vida después de ser perdonado y renovado en la confesión?

¿Quieren conocer mi “Magnificat” personal?
“Proclama mi alma la grandeza de mi Señor. Se alegra mi espíritu cada vez que contemplo las cosas que El ha hecho en mí”.
“Me miró, cuando nadie se interesaba por mí, cuando nadie daba nada por mí.
Dios inclinó su cabeza y mi miró con sus ojos de bondad.
Me miró y me llamó. Me hizo sentir que yo era importante para él. Me hizo sentir que yo no podía quedarme en simple ferroviario.
Me miró y me hizo revivir. Me hizo soñar. Me despertó interiormente.
Me hizo esperar casi un año para realizar los sueños que El mismo soñó en mi corazón.
Y cuando yo ya estaba caminando hacia El, los hombres habían decidido otra cosa. “Que no venga” dijeron desde el Seminario. En el camino se cruzaron los planes de Dios y los planes de los hombres.
El Señor hizo en mí cosas grandes, que jamás se me hubiesen pasado por la mente.
Me miró y me consagró a su servicio en la vida sacerdotal.
Me miró y me ungió con el óleo sacerdotal. Ministro de su Eucaristía y ministro de su perdón. Ministro de su Palabra.
Mi miró y derramó en mi corazón el gozo y la alegría de la vocación.
Me miró y “creyó en mí” cuando los demás no creían. “Si mi sobrino vale para cura, dijo un tío mío, yo valgo para Obispo”. Y mi tío no fue Obispo, pero su sobrino sí llegó a cura.
Proclama mi alma la grandeza del Señor: Por las almas a las que puedo consolar. Por las vidas a las que puedo ayudar. Por los caídos a los que puedo ayudar a levantarse. Por los levantados que puedo empujar a caminar.
“Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Y ahora, dime, ¿cuál es tu Magnificat? Porque también tú tienes el tuyo, aunque no lo creas.

Oración
Señor: Nuestro espíritu se alegra, como el de María,
porque también has hecho milagros de amor en nosotros.
También en nosotros has hecho el milagro de amarnos como somos.
Has hecho el milagro de hacernos hijos tuyos.
Has hecho el milagro de que seamos más que nuestras debilidades.
Has hecho el milagro de que siendo pecadores podamos ser santos.
Has hecho el milagro de que nos sintamos amados por Ti.
Por eso, como María, también hoy te decimos:
“Proclama nuestra alma la grandeza del Señor”, y también “nuestra grandeza”.

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