Evangelio y comentario de hoy Domingo 2014

Día litúrgico: Domingo XXI (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 16,13-20): En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Comentario: 
¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana.

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.

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Y tú, ¿qué piensas de mí?

Domingo 21 del Tiempo Ordinario
Hoy me permito un cierto atrevimiento y hasta descaro con Jesús. El hace dos preguntas, las dos muy interesantes: “¿qué dice la gente de mí?” “Y vosotros qué decís que soy yo?”
Claro que siempre resulta más fácil responder lo que piensan o dicen los otros. Eso parece que nos lo sabemos de memoria. Lo difícil es responder ¿qué pienso yo? Algo así como si tuviésemos claro lo que piensan y dicen los demás, y un tanto oscuro e indefinido lo que pensamos cada uno.
¿No será que siempre es más fácil desnudar al otro que desnudarse uno mismo delante de Dios?
A la primera pregunta respondieron todos. A la segunda sólo respondió Simón en nombre de todos. Alguien tenía que dar la cara por el grupo. El silencio también puede ser una manera de confesar nuestra falta de sinceridad con nosotros mismos y nuestros miedos a descubrirnos demasiado. Mejor nos callamos. Que Simón, que siempre es el más atrevido diga algo y dé la cara.
Pero hoy, yo quisiera invertir las preguntas. Aquí es Jesús quien pregunta y nosotros los que tenemos que responder. Hoy quisiera ser yo mismo quien le hace la pregunta a Jesús. ¿Será un atrevimiento? ¿Será un descaro de mi parte? Si Jesús está interesado en saber lo que los demás pensamos de El, también nosotros estamos interesados en saber lo que El piensa de nosotros. “Señor, ¿y Tú qué dices, qué piensas de mi?” En un principio sentí miedo a que me dijeras la verdad. Pero, pensándolo bien, saqué la conclusión de que Jesús piensa mejor de mí que yo de El. Y que si a mí me da vergüenza contestar a sus preguntas, ciertamente que Jesús no sentirá vergüenza alguna en responder a mías.
Además, nosotros estamos más acostumbrados a preguntarle a Dios que dejarnos preguntar por El. Porque a todo lo que nos sucede, nuestra reacción inmediata suele ser siempre: “¿Por qué, Señor? ¿Por qué a mí precisamente? Si te he pedido tanto, ¿por qué no me escuchas? ¿Por qué no me consigues trabajo? ¿Por qué te has llevado a este mi ser querido?” La Agenda de Dios está llena de preguntas nuestras. Por eso, estoy seguro que mi pregunta ya no le va a extrañar.
Señor, ¿Tú qué piensas de mí como persona? Porque tú me has dado la vida no para que la conserve achatada y enana sino para que me realice humanamente, me desarrolle humanamente. Llegue a ser una persona madura. Que como Tú, también “crezca en edad, en el cuerpo, en gracia y en sabiduría”. ¿Habré madurado en mi libertad o seguiré siendo todavía el “hijito de mamá”? ¿Habré madurado en mi corazón sabiendo amar como Tú amas o estaré confundiendo mi amor con los deseos de mi cuerpo? ¿Habré madurado, tomándome en serio a mí mismo, hasta llegar a ser esa persona que Tú esperas de mí?
Señor, ¿qué piensas y dices de mí como bautizado? Porque Tú me has regalado también esa otra vida de la gracia, que es la tuya, no para que tenga que vivir una vida bautismal achatada por eso de que “no soy malo, no robo ni mato”. No me has dado la vida nueva del Bautismo para que sencillamente quede registrada en los archivos parroquiales o en las fotos del momento. ¿Muestro la verdad de mi Bautismo en mi modo de pensar, en modo de vivir, en mi modo de actuar en el mundo y en la Iglesia? ¿Soy realmente esa imagen del hombre nuevo nacido de tu Pascua?
Señor, ¿qué piensas y dices de mí como sacerdote? Me llamaste un día, como a tus discípulos, para hacerme ministro de tu Evangelio, de tu Palabra, de tu Eucaristía, de tu Perdón. Para ser el pastor que te represente a ti, el Buen Pastor, en medio de la comunidad. Para que conozca a tus ovejas, ¿a cuántas conozco? Para que ellas me escuchen, ¿no estarán aburridas de mis palabras? Para ellas me sigan, ¿seré realmente un modelo para ellas? Y me has encargado que salga a buscar a las que no están en el rebaño. ¿Me habré arriesgado lo suficiente o no me habré adaptado a mis comodidades?
Señor, ¿qué piensas y dices de nosotros como esposos? Nos bendijiste el día de nuestra boda y nos dijiste que nos amásemos, nos sirviésemos mutuamente todos los días de nuestra vida, y fuésemos una comunión de amor, y fuésemos el símbolo de tu amor entre los hombres. Que nuestro amor fuese una fiesta en la que nunca faltase el buen vino de la alegría pascual. Que diariamente tuviésemos llenas del agua de nuestro esfuerzo y buena voluntad las vasijas de nuestras vidas, para que Tú puedas hacer el milagro que despierte y afiance la fe de nuestros hijos. ¿Recuerdas cómo nos veías el día de la Boda? ¿Y cómo nos sigues viendo ahora?
Señor, ¿qué piensas de esta Iglesia de la que nos hiciste hijos y miembros vivos? ¿Será esta Iglesia la que Tú pensaste? ¿Será esta la Iglesia que Tú quieres hoy para el mundo y la humanidad?
¿Tú qué dices y piensas Jesús? Bueno, como Tú hablas al corazón, mejor me quedo en silencio, que es la mejor manera de escucharte. Pero, cuidado, por si me hago el sordo, háblame claro y háblame fuerte. Que no tenga motivos para decir que también Tú callas.

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