Evangelio y Comentario de hoy Sabado 12 de Julio 2014

Día litúrgico: Sábado XIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 10,24-33): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!
»No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

Comentario: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

No está el discípulo por encima del maestro
Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar sobre la relación maestro-discípulo: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo» (Mt 10,24). En el campo humano no es imposible que el alumno llegue a sobrepasar a quien le enseñó el abc de una disciplina. Hay en la historia ejemplos como Giotto, que se adelanta a su maestro Cimabue, o como Manzoni al abad Pieri. Pero la clave de la suma sabiduría está sólo en manos del Hombre-Dios, y todos los demás pueden participar de ella, llegando a entenderla según diversos niveles: desde el gran teólogo santo Tomás de Aquino hasta el niño que se preparara para la Primera Comunión. Podremos añadir adornos de varios estilos, pero no serán nunca nada esencial que enriquezca el valor intrínseco de la doctrina. Por el contrario, es posible que rayemos en la herejía.

Debemos tener precaución al intentar hacer mezclas que pueden distorsionar y no enriquecer para nada la substancia de la Buena Noticia. «Debemos abstenernos de los manjares, pero mucho más debemos ayunar de los errores», dice san Agustín. En cierta ocasión me pasaron un libro sobre los Ángeles Custodios en el que aparecen elementos de doctrinas esotéricas, como la metempsicosis, y una incompresible necesidad de redención que afectaría a estos espíritus buenos y confirmados en el bien.

El Evangelio de hoy nos abre los ojos respecto al hecho ineludible de que el discípulo sea a veces incomprendido, encuentre obstáculos o hasta sea perseguido por haberse declarado seguidor de Cristo. La vida de Jesús fue un servicio ininterrumpido en defensa de la verdad. Si a Él se le apodó como “Beelzebul”, no es extraño que en disputas, en confrontaciones culturales o en los careos que vemos en televisión, nos tachen de retrógrados. La fidelidad a Cristo Maestro es el máximo reconocimiento del que podemos gloriarnos: «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).



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Para comprender la Eucaristía.
f) Tragarse a Jesús
Parece un verbo áspero, pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: «no trago a tal persona»; «ese disgusto aún no me lo he tragado..., todavía lo tengo aquí» (y señalamos la garganta)...
Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el pan, y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos. Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión «comulgar» por la de «tragarnos a Jesús», para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría tragarnos su mentalidad, sus preferencias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.
g) Bendecir
Es el verbo central de la eucaristía y la médula de nuestra vida. La palabra griega eucharistía (acción de gracias) es una de las que traduce en el NT la berakah hebrea (bendición); y cuando decimos «eucaristía», estamos recogiendo toda la herencia de bendición, de alabanza y de agradecimiento desbordante que recorre todo el AT.
La eucaristía es para nosotros la ocasión de convertir en bendición nuestra vida entera, de «arrastrar» hasta ella todo el peso de nuestro agradecimiento, todo lo que en nosotros y en toda la creación está llamado a convertirse en canción, en «un himno a su gloriosa generosidad» (Ef 1,14).
Tenemos en las manos y en el corazón la opción de vivir «en clave de murmuración» (quejas, resentimiento y desencanto, como Israel en el desierto [cf. Ex 16,17] o «en clave de bendición», descubriendo en la vida, más allá de su opacidad, la presencia que hacía estremecerse de alegría a Jesús (cf. Mt 11,25) cuando sentía la «afinidad» de sus preferencias con las del Padre.

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Un discípulo no es más que su maestro

Sábado de la semana 14 del tiempo ordinario
“Dijo Jesús a sus discípulos: “Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo ser como su maestro, y el esclavo como su amo. … No les tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. (Mt 10,24-33)
Nos quejamos de todo.
Todo nos va mal.
Bueno, nunca el viento sopla a gusto cuando no sabemos a dónde vamos.
Y lo peor es que “el ser buenos” termina siendo una razón para quejarnos de Dios.
Algo así como si el “ser buenos” fuese una especie de Tarjeta de Crédito donde tenemos derecho a ir sacando dinero para nuestras necesidades.

Pues, amigos ¡qué mal le fue a Jesús!
¡Qué mal le fue en vida y qué mal terminó en su muerte!
¡Ah! Se me olvidaba.
¡Y Jesús fue de los buenos! Bueno, ¡eso pienso yo!
Y pobre hombre, las pasó bien mal en muchos momentos.

Pues, amigos, si alguien pretende seguirle, que no espere que todo le salga bien.
Que no espere que por ser bueno, le van a hacer Gerente de la Empresa.
Que no espere que por ser bueno, le va a caer un trabajo estupendo.
Que no espere que por ser bueno, las gripes pasarán de largo y no le afectarán.
Que no espere que por ser bueno, sus acciones siempre subirán en la Bolsa.

Y esto no es engañar a nadie.
Jesús fue bien claro: “El discípulo no puede ser más que el maestro”.
Seguirle a Él, es aceptar las consecuencias del seguimiento.
Seguirle a Él, es aceptar que tampoco a nosotros todo nos salga bien.
Seguirle a Él, es aceptar ser como Él.

¿Que la gente no nos hace caso? Tampoco le hicieron caso a Él.
¿Que la gente interpreta mal lo que hacemos? Preguntarle a El cómo le interpretaban.
¿Que la gente nos trata mal? Pues a Él no le trataron mejor.
¿Que la gente habla mal de nosotros? Preguntémosle cómo hablaban de Él.
¿Que la gente nos acusa? A Él le acusaron hasta condenarlo a muerte.
¿Que la gente no es de palabra? El tuvo nada menos que un traidor en el grupo.
¿Qué la gente nos ignora cuando todo nos va mal? Un discípulo dijo que ni le conocía.

Como discípulos, no tenemos más privilegios que el Maestro.
Como discípulos, no tenemos más derechos que los del Maestro.
Como discípulos, no esperemos mejores tratos que los que Él recibió.
Como discípulos, no siempre se “hará nuestra voluntad” sino la del “Padre”.
Como discípulos, no esperemos que nos reciban con los brazos abiertos.

Pero, aún así, es preciso tener el mismo coraje y la misma valentía que él.
“No tengáis miedo”.
La gente puede maltratarnos.
La gente puede incluso matar nuestros cuerpos.
Pero la gente nunca podrá matar nuestras almas.
La gente nunca podrá matar nuestras esperanzas.
La gente nunca podrá matar el amor de nuestros corazones.
La gente nunca podrá matar nuestras ideas.
La gente nunca podrá matar nuestros pensamientos.
Nos podrán doblar nuestras cabezas y hacernos callar.
Pero nunca podrán asesinar nuestro modo de pensar.

Sigamos a Jesús, pero sin buscar mejores tratos.
Sigamos a Jesús, pero sin esperar mejores condiciones de vida.
Sigamos a Jesús, pero sin creernos con más derechos que El.

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