EVANGELIO Y COMENTARIO DE HOY LUNES 14 DE JULIO 2014

Día litúrgico: Lunes XV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,34--11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Comentario: Rev. D. Valentí ALONSO i Roig (Barcelona, España)

El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí


Hoy Jesús nos ofrece una mezcla explosiva de recomendaciones; es como uno de esos banquetes de moda donde los platos son pequeñas "tapas" para saborear. Se trata de consejos profundos y duros de digerir, destinados a sus discípulos en el centro de su proceso de formación y preparación misionera (cf. Mt 11,1). Para gustarlos, debemos contemplar el texto en bloques separados.
Jesús empieza dando a conocer el efecto de su enseñanza. Más allá de los efectos positivos, evidentes en la actuación del Señor, el Evangelio evoca los contratiempos y los efectos secundarios de la predicación: «Enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,36). Ésta es la paradoja de vivir la fe: la posibilidad de enfrentarnos, incluso con los más próximos, cuando no entendemos quién es Jesús, el Señor, y no lo percibimos como el Maestro de la comunión.

En un segundo momento, Jesús nos pide ocupar el grado máximo en la escala del amor: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí…» (Mt 10,37), «quien ama a sus hijos más que a mí…» (Mt 10,37). Así, nos propone dejarnos acompañar por Él como presencia de Dios, puesto que «quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). El efecto de vivir acompañados por el Señor, acogido en nuestra casa, es gozar de la recompensa de los profetas y los justos, porque hemos recibido a un profeta y un justo.
La recomendación del Maestro acaba valorando los pequeños gestos de ayuda y apoyo a quienes viven acompañados por el Señor, a sus discípulos, que somos todos los cristianos. «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo...» (Mt 10,42). De este consejo nace una responsabilidad: respecto al prójimo, debemos ser conscientes de que quien vive con el Señor, sea quien sea, ha de ser tratado como le trataríamos a Él. Dice san Juan Crisóstomo: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacerían de él una infinidad de bienes».

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La Cruz y la espada
Los actos religiosos, como oraciones, ofrendas y sacrificios, no funcionan de manera automática y al margen del espíritu con que se hacen. El hombre puede realizarlos para justificarse ante Dios, tratando de esconderle sus malas acciones, o también para tratar de manipularlo y atraerse su favor, sin cambiar su corazón y su conducta. Los profetas de Israel, como hoy Isaías, hacen saber al pueblo que tales acciones, por más insistentes que sean, le son abominables a Dios. Y no porque sean innecesarias, sino porque deben ser la expresión de un modo de vida orientada hacia el bien, que reconoce el propio pecado y la necesidad de purificación, y se prolonga en obras de justicia, sobre todo en la ayuda al necesitado. En el caso del cristianismo el divorcio entre piedad y vida es todavía más grave, pues todos los sacrificios y ofrendas no son sino la memoria y la actualización del único sacrificio de Cristo: es como pretender agradar al Cristo presente en la Eucaristía dándole la espalda al Cristo que sufre en sus pequeños hermanos.
Para realizar con sentido cualquier acción religiosa es preciso hacer previamente una elección radical y no siempre fácil. Es a esto a lo que se refiere Jesús en el Evangelio de hoy con palabras que pueden escandalizar a los espíritus blandos. Es claro que Jesús no es un belicista, ni está a favor de la violencia, pero si dice que ha venido a traer la espada y no la paz, es porque tomar partido por Él no es una elección fácil y pacífica, porque elegirle a Él es lo mismo que renunciar al mal, aprender a obrar bien, buscar el derecho, enderezar al oprimido, defender al huérfano y a la viuda. La elección de fe conlleva un camino de conversión y un nuevo modo de vida y de relación. Y no es fácil pues con frecuencia encuentra la oposición de nuestro entorno, incluso de familiares y amigos, y choca siempre con la oposición interna de nuestro yo rebelde. Para elegir a Cristo, su Reino y su justicia, hay que asumir tensiones y rupturas, hay que aceptar la cruz. Este es, además, el mejor modo de amar bien a cercanos y lejanos, incluso a los que se nos oponen. Cuando vivimos en la dinámica de esa elección, rehecha cada día, oraciones, ofrendas y sacrificios (culminados en la Eucaristía) expresan esa elección y nos ayudan a avanzar por el camino.
San Camilo de Lellis (1550-1614), al que la liturgia recuerda hoy, es un buen ejemplo de esta elección auténtica y difícil, pero posible. Él cambió la espada militar por la cruz de Cristo, al que descubrió especialmente en el rostro de los que sufren, y a cuyo servicio consagró su vida, un servicio que se prolonga hasta nuestros días por medio de la familia religiosa que fundó.
José M. Vegas cmf