Evangelio y comentario de hoy Miercoles 02 de Julio 2014

Día litúrgico: Miércoles XIII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 8,28-34): En aquel tiempo, al llegar Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos». Él les dijo: «Id». Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.
Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Le rogaron que se retirase de su término
Hoy contemplamos un triste contraste. “Contraste” porque admiramos el poder y majestad divinos de Jesucristo, a quien voluntariamente se le someten los demonios (señal cierta de la llegada del Reino de los cielos). Pero, a la vez, deploramos la estrechez y mezquindad de las que es capaz el corazón humano al rechazar al portador de la Buena Nueva: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término» (Mt 8,34). Y “triste” porque «la luz verdadera (...) vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,9.11).

Más contraste y más sorpresa si ponemos atención en el hecho de que el hombre es libre y esta libertad tiene el “poder de detener” el poder infinito de Dios. Digámoslo de otra manera: la infinita potestad divina llega hasta donde se lo permite nuestra “poderosa” libertad. Y esto es así porque Dios nos ama principalmente con un amor de Padre y, por tanto, no nos ha de extrañar que Él sea muy respetuoso de nuestra libertad: Él no impone su amor, sino que nos lo propone.

Dios, con sabiduría y bondad infinitas, gobierna providencialmente el universo, respetando nuestra libertad; también cuando esta libertad humana le gira las espaldas y no quiere aceptar su voluntad. Al contrario de lo que pudiera parecer, no se le escapa el mundo de las manos: Dios lo lleva todo a buen término, a pesar de los impedimentos que le podamos poner. De hecho, nuestros impedimentos son, antes que nada, impedimentos para nosotros mismos.

Con todo, uno puede afirmar que «frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”. Y puede decirse asimismo que Dios está pagando por este gran don [la libertad] que ha concedido a un ser creado por Él a su imagen y semejanza [el hombre]» (Juan Pablo II). ¡Dios paga!: si le echamos, Él obedece y se marcha. Él paga, pero nosotros perdemos. Salimos ganando, en cambio, cuando respondemos como Santa María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).


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Lo fácil no entusiasma a nadie


Me encanta Jesús, pues no es de esos que nos ofrecen una publicidad donde todo es “pan y gloria”.
Me encantan los que son sinceros y no tratan de engañar a los demás.
Jesús no es de los que hace ofertas baratas ni con rebajas.
Me encantan los que llaman al “pan pan” y al vino vino”.
Incluso me encantan aquellos que ponen la cosa difícil.
Así los que quieran seguirle saben a qué se arriesgan.
Jesús no es de los que ofrece “premios al primero que llegue”.
Jesús no es de los que ofrece grandes éxitos.

Por el contrario:
Jesús es claro en decir que seguirle es arriesgarse.
Jesús es claro en decir que su vida es más pobre que la de las zorras.
Jesús es claro en decir que, humanamente, no tiene nada que ofrecer.
Jesús es claro en decir que, lo único que ofrece es “a sí mismo”.
Jesús es claro en decir que, lo único que ofrece es “el Evangelio de las Bienaventuranzas”.

El no tiene nada, ni madrigueras ni nidos.
Y el que quiera seguirle tampoco debe llenar sus maletas para asegurar su futuro.
El que quiera seguirle será únicamente porque está movido de la generosidad.
El que quiera seguirle será porque ha descubierto que el Evangelio vale la pena.
El que quiera seguirle será porque entregarse a la causa del Reino es una ganancia.
El que quiera seguirle será porque está dispuesto a la entrega total.
El que quiera seguirle será porque está dispuesto a jugarse entero.

Es que lo fácil no entusiasma a nadie.
Lo cómodo siempre aparece como algo vulgar.
En cambio:
El riesgo siempre es una meta que puede asustar pero crea ilusiones.
El riesgo siempre es una meta que puede poner miedo a muchos, pero que a los corazones grandes les pone alas para volar.

Y Jesús prefiere el riesgo a lo fácil.
Jesús prefiere lo difícil a lo fácil.
Jesús prefiere lo incómodo a lo cómodo.
Jesús prefiere la aventura del espíritu a las seguridades de nuestros miedos.

Pero además quiere dejar claro que el seguimiento no es un simple deseo.
Porque todo seguimiento debe estar marcado por una “llamada”.
Además, advierte que, cuando uno toma la decisión de seguirle hasta el final, no puede seguir pensando en el ayer.
Seguir a Jesús es mirar siempre adelante.
El pasado ya está muerto.
El futuro es el que todavía tiene vida.
El árbol que se secó ya se murió.
El árbol que plantamos es el que quiere crecer.
“Tú sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.
Jesús no quiere vocaciones de enterradores y cementerios.
Jesús solo sueña en cunas que mecen la nueva vida.
Al pasado no hace falta enterrarlo, porque él mismo se entierra porque se pudre.
“Tú sígueme”.
No mires atrás.
Para ti solo tiene sentido el futuro.
Los barcos no miran cuán lejos queda ya la playa, sino cuán lejos queda el puerto de llegada.
“Tú sígueme”. Fíate de mí. Y no hagas cálculos de dificultades.
Cree en mi palabra, ya que yo creo en tus posibilidades.

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