Evangelio y Comentario de hoy Domingo 08 de Junio 2014

Día litúrgico: Pentecostés (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,19-23): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Comentario: Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa (Barcelona, España)

Recibid el Espíritu Santo
Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.
El Espíritu que Jesús comunica crea en el discípulo una nueva condición humana y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



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PENTECOSTÉS, culminación de la Pascua 
 Debo confesar que no me gusta nada la paloma como símbolo del Espíritu Santo. Y no tengo nada contra las pobres palomas, me parecen bonitas como aves, pero son muy sucias, mejor, lo ensucian todo. Parecen muy tiernas, y son bien egoístas, pues sólo se te acercan cuando les echas de comer. Y con esto no le quiero corregir a Dios el que en el Bautismo de Jesús haya querido visualizar al Espíritu Santo como una paloma. Personalmente prefiero los símbolos de Pentecostés. El viento y el fuego.
“De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio ....”
Me gusta el viento que no puedo ver, pero que lo siento rozar mi cara.
Me gusta el viento que no puedo ver, pero que refresca en los días calurosos y de bochorno.
Me gusta el viento que no puedo ver, pero siento como acaricia mis manos sin que lo pueda atrapar con ellas.
Me gusta el viento que no puedo ver, pero me trae aromas de flores a su paso por el jardín.
Me gusta el viento, porque siendo el mismo siempre es nuevo.

¿Acaso no decimos?
“Soplan nuevos vientos”.
“Soplan vientos de paz”.
“Soplan vientos de amor”.
“Soplan vientos de perdón”.
“Soplan vientos de renovación”.
“Soplan vientos de nueva vida”.

¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino ese soplo divino de la vida?
¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino esa presencia divina que no podemos agarrar con nuestras manos, pero que sentimos y experimentamos dentro de nosotros?
¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino ese frescor de Dios que refresca nuestros corazones? “Brisa en las horas de fuego” canta el himno de la Liturgia.
¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino “ese gozo secreto que enjuga nuestras lágrimas” en los momentos del dolor?
¿Qué otra cosa es el Espíritu Santo sino ese aroma de “amor, de alegría, de paz, de paciencia, de afabilidad, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, de templanza”, (Gal 5,22-23) de perdón, que nos trae de los jardines del corazón de Dios?

El Espíritu Santo es el viento de Dios que empuja a las almas y a la Iglesia aún en medio de las dificultades.
El Espíritu Santo es el viento que nos trae cada día las novedades de Dios.
El Espíritu santo es el viento sopla borrando y limpiando las nubes que oscurecen nuestros corazones.
El Espíritu Santo es el viento que mueve las velas de la Iglesia a lanzarse mar adentro, a salir de sí misma, a dejar sus seguridades y arriesgarse en esa nueva creación que es la obra de Dios de cada día.

El Espíritu Santo es ese aire que respiramos en cada momento y que oxigena los pulmones de nuestro espíritu y de nuestra alma.
Del viento frío solemos decir que nos entra hasta los huesos. El viento del Espíritu Santo nos entra “hasta el fondo del alma”.
El Espíritu Santo es el viento de nuestra libertad. De la libertad de nuestra mente, la libertad de nuestro corazón, de la libertad como personas, la libertad como Iglesia. Donde no hay espíritu de libertad, tampoco hay Espíritu Santo.

“Vieron aparecer unas lenguas de fuego, como llamaradas”.
El fuego es calor y es luz.
El fuego calienta los cuerpos.
El fuego ilumina nuestros espacios.
El fuego quema las escorias para purificar los metales.
El fuego reblandece los duros hierros y los hace flexibles.
Al fuego lo podemos tener cerca, pero no lo podemos agarrar con nuestras manos.

El Espíritu Santo es ese fuego divino que calienta nuestras vidas.
Calienta los fríos de nuestros corazones.
Calienta nuestras voluntades para decidirnos.
Calienta nuestras decisiones para arriesgarnos.
El Espíritu Santo es luz que ilumina las oscuridades de nuestro espíritu.
El Espíritu Santo es luz que ilumina nuestras dudas e indecisiones.
El Espíritu Santo es luz que ilumina nuestros caminos.
El Espíritu Santo es luz que ilumina nuestras esperanzas.

El Espíritu Santo es ese fuego divino que purifica nuestros corazones:
Purifica nuestros egoísmos.
Purifica nuestros orgullos.
Purifica nuestros individualismos.
Purifica nuestros elitismos.
Purifica nuestros exclusivismos.

“Y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”.
El Espíritu Santo es ese fuego divino que ablanda el acero de nuestros corazones:
Nos hace dóciles a las llamadas de Dios.
Nos hace dóciles a las llamadas de los hombres.
Nos hace dóciles en el servicio a los hermanos.

El Espíritu Santo es ese fuego que y borra las fronteras de los corazones. Las fronteras que dividen y separan. Las fronteras que excluyen y que marginan.
Quema las escorias que esconden a nuestros corazones, para dejarlos libres y abiertos para con todos.
Quema las escorias que entorpecen nuestras lenguas, para que todos podamos hablar el mismo lenguaje universal del amor.

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