Evangelio y Comentario de hoy Sabado 24 de Mayo 2014

Día litúrgico: Sábado V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,18-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».
Comentario: Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell (Agullana, Girona, España)
Todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado
Hoy, el Evangelio contrapone el mundo con los seguidores de Cristo. El mundo representa todo aquello de pecado que encontramos en nuestra vida. Una de las características del seguidor de Jesús es, pues, la lucha contra el mal y el pecado que se encuentra en el interior de cada hombre y en el mundo. Por esto, Jesús resucitado es luz, luz que ilumina las tinieblas del mundo. Karol Wojtyla nos exhortaba a «que esta luz nos haga fuertes y capaces de aceptar y amar la entera Verdad de Cristo, de amarla más cuanto más la contradice el mundo».

Ni el cristiano, ni la Iglesia pueden seguir las modas o los criterios del mundo. El criterio único, definitivo e ineludible es Cristo. No es Jesús quien se ha de adaptar al mundo en el que vivimos; somos nosotros quienes hemos de transformar nuestras vidas en Jesús. «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Esto nos ha de hacer pensar. Cuando nuestra sociedad secularizada pide ciertos cambios o licencias a los cristianos y a la Iglesia, simplemente nos está pidiendo que nos alejemos de Dios. El cristiano tiene que mantenerse fiel a Cristo y a su mensaje. Dice san Ireneo: «Dios no tiene necesidad de nada; pero el hombre tiene necesidad de estar en comunión con Dios. Y la gloria del hombre está en perseverar y mantenerse en el servicio de Dios».

Esta fidelidad puede traer muchas veces la persecución: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). No hemos de tener miedo de la persecución; más bien hemos de temer no buscar con suficiente deseo cumplir la voluntad del Señor. ¡Seamos valientes y proclamemos sin miedo a Cristo resucitado, luz y alegría de los cristianos! ¡Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme para ser capaces de comunicar esto al mundo!


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Reflexión sobre el sufrimiento

Día del Enfermo

El dolor es un misterio y hay que acercarse a él como Moisés se acercó a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor. Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y, no digamos, con frivolidad.
La primera consideración que yo haría es la de la “cantidad” de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que después de tantos siglos de historia y de ciencia el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas de dolor que padecemos. Más bien habría que reconocer que en muchos aspectos esta cantidad está aumentando...
Además los medios de comunicación nos hacen comprender mucho mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del s. XII, del XV, conocía, cuanto más, el dolor de sus doscientos o sus diez mil convecinos. Pero no tenía ni idea de lo que, a esa misma hora, se sufría en la nación vecina, y no digamos en otros continentes. Hoy, por fortuna o desgraciadamente, nos han abierto y estirado los ojos y sabemos, casi con exactitud, el número de muertos, asesinatos o destrozados que hubo ayer. Sabemos que cuarenta millones de personas mueren de hambre al año...
Hoy se lucha más y mejor que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Incluso cuando hemos derrotado una enfermedad aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el sida)...
Sé que es amargo y doloroso decir todo esto, pero en lo que respecta al dolor, a la enfermedad y a la muerte podemos ganar muchas batallas, pero la guerra la tenemos perdida.
En las vidas de Buda se cuenta la historia de un hombre que fue herido por una flecha envenenada y, cuando acudieron a curarlo, exigía que, antes le respondieran a tres preguntas: quién disparó, qué clase de flecha era y qué tipo de veneno se había puesto en su punta. Por supuesto que el hombre se murió y nadie había respondido a sus preguntas. Por eso comenta Buda que si “insistimos en entender el dolor antes de aceptar su terapia, entonces las infinitas enfermedades que padecemos acabarán con nosotros antes de que nuestras mentes se sientan satisfechas”.
Seguramente pensaréis que estas tres preguntas del cuento de Buda son pura fábula. A nadie se le ocurre esa triple tontería. Y, sin embargo, es cierto que el hombre ha gastado más tiempo en preguntarse por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso ¡benditos médicos, enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir esa montaña de dolor que padecen los hombres!.
Una segunda respuesta parcial es aquella que nos ayude a ver nosotros y a enseñar a ver a los demás que el dolor es una herencia de todos los humanos sin excepción.
Uno de los grandes peligros del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o, en todo caso, los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un simple dolor de muelas nos empuja a creernos la víctima número uno. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; pero si nos duele el dedo meñique gastamos las veinticuatro horas del día en autocompadecernos. Salir de uno mismo es muy difícil: salir de nuestro propio dolor es casi un milagro. Y tendríamos que empezar por ese descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.
Permitidme citaros por segunda vez a Buda. En su vida se cuenta la historia de una madre que acudió a él llevándole un niño muerto para que se lo resucitase. Y, ante sus gritos, los discípulos de Buda pensaban que esta mujer estaba loca pidiendo imposibles y se reían de ella. Pero Buda pensó que, si no podía resucitar al niño, podía al menos mitigar el dolor de aquella madre ayudándola a entender. Por eso le contestó que, para curar a su hijo, necesitaba unas semillas de mostaza, pero unas semillas muy especiales, unas semillas que se hubieran recogido en una casa en la que en los tres últimos años no se hubiera sufrido algún gran dolor o padecido la muerte de un familiar. La mujer, al ver alimentada su esperanza, se precipitó a la ciudad buscando esas milagrosas semillas. Y comenzó a llamar de puerta en puerta. En unas había muerto el padre o un hermano, en otras alguien se había vuelto loco, en las de más allá había un viejo paralítico o un muchacho enfermo. Con lo que cayó la noche y la pobre mujer volvió a Buda con las manos vacías... y con el corazón en paz: había descubierto que el dolor era algo que compartía con los humanos.
Naturalmente que la respuesta no es la del refrán: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Es la humilde aceptación de que el hombre, todos los hombres somos seres incompletos y mutilados. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz “a pesar” del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él.
Hay que tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida como si yo fuera una víctima excepcional.
A medida que vas conociendo a los hombres descubres que “todos son mutilados, mutilados de algo”. A uno le faltan los riñones o el estómago, a otro le falta un brazo o una pierna o no tienen trabajo, o tienen un amor no correspondido, o un hijo muerto. Y muchos que quisieron ser actores o médicos hoy trabajan en una mísera oficina. Que otros tienen un hijo drogadicto o hubieran querido tener una cultura que no pudieron adquirir. Todos. Todos. ¿Qué derecho tengo yo, entonces de quejarme de mis carencias como si fueran las únicas del mundo?

La tercera gran respuesta que ya daría es la de enseñar a ver los aspectos positivos de la enfermedad.
Y quisiera evitar un error que está difundido entre personas de buena voluntad. Y es la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo, sinceramente, que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la supuesta bondad del dolor. ¿Quién no ha oído descender en muchas homilías que Dios explica el dolor a sus preferidos o cantando la dulzura de la enfermedad? Ya sé que esto se hace con buenísima voluntad y mala teología. Pero no creo que quienes sufren de verdad la compartan y temo que a muchos les provoque la rebeldía más que la clarificación.
Me parece que al hacer esas explicaciones se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.
En la mano del hombre está el conseguir que el dolor sea una ruina o un parto. Que el hombre no puede impedir el dolor, pero sí puede conseguir que no le aniquile, e incluso lograr que ese dolor le levante en vilo... En este sentido yo estaría plenamente de cuerdo en que el dolor es uno de los grandes motores del hombre.
Yo nunca me imagino a Dios mandando con gusto dolores a sus hijos sólo para probarlos. El dolor es más bien una parte de nuestra condición humana, deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. Por eso no hay hombre sin dolor.
Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero...
El hombre tiene, pues, en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se conviertan en vinagre o en vino generoso. Y tenemos que reconocer, con tristeza, que desgraciadamente son muchos más los seres destruidos o disminuidos por el dolor y pulverizados por la amargura que aquellos otros que saben convertirlo en fuerza y alegría.
Por esto, el verdadero problema del dolor no es su naturaleza sino su “sentido”. Y más importante que aclarar cuánto se sufre es saber cómo se sufre. Ahí es donde realmente se retrata un ser humano. Como decía Amiel: “la manera de sufrir es el más grande testimonio que una alma da de sí misma”. Así ocurre que hay supuestos “grandes” de este mundo que se hunden en la primera tormenta, mientras que “pequeñas” personas son maravillosas cuando llega la angustia. Un hospital es siempre como una especie de juicio final anticipado.
Desde estas premisas me interesa más una vida llena que una vida larga. El valor de una vida no se mide por los años que dura, sino por los frutos que produce. De ahí que, ante la enfermedad, pase lo que pase, suceda lo que suceda, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo tienes ya disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean...
Y desde estas reflexiones hay que subrayar que la verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano compasiva y amiga! ¡Qué fácil, en cambio, seguir cuando te sientes amado y ayudado!.
Dejadme que os subraye esto a vosotros que cuidáis de algún enfermo: nunca, en toda vuestra vida, haréis algo mejor que quererlos, sostenerlos, sonreírles. Hay en el mundo un déficit tremendo de compasión.
Permitidme contar la experiencia que narra J.L.M. Descalzo, en uno de sus libros.

“Yo tuve la fortuna (o mejor la gracia) de la larga vida de mi padre. Pues bien: en sus últimos años (y llegó a noventa y tres) yo vivía en otra ciudad distinta a la de mi familia y solía ir a ver a mi padre algunos domingos, cuando podía. Pero confieso que, con demasiada frecuencia, se imponía mi egoísmo: siempre encontraba alguna razón para no ponerme en viaje, siempre había demasiado trabajo y pensaba que necesitaba ese fin de semana para ponerme al día. Hice esto bastantes domingos, aun sabiendo que para mi padre los verdaderos domingos eran aquellos en los que me tenía a su lado. Aquéllos eran “los domingos del alma” más que los del calendario. Pero esto sólo lo entendí cuando mi padre me faltó.
Y de nada me he arrepentido tanto como de aquellos domingos “robados” a mi padre que, afortunadamente, tiene ahora domingo todos los días en el cielo. Pero yo le fallé tontamente, tontamente. Y es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra esto: que hay que quererse de prisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta. ¡Ojalá vosotros, amigos míos, no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis, ojalá no tengáis que doleros de haber ahorrado una sonrisa o un gesto de amor que, en definitiva, es lo mejor que podéis dar a los enfermos y lo que ellos más necesitan!.
También descubrí que tenía que ordenar mi escala de valores. Un hombre se define a sí mismo por la escala de valores que maneja. Dad una lista: dinero, éxito, triunfo social, amor humano, fe, trabajo, amistad. Pedidle que ponga después en orden estas palabras según el aprecio que tiene de ellas y según el tiempo y el esfuerzo que a cada una dedica, y sabréis muy bien qué tipo de hombre tenéis delante.
La enfermedad es en esto una gran bendición: cuando ella te sacude ya no puedes seguir engañándote a ti mismo, ves con claridad qué eras, quién eres...
Aprendí también desde la enfermedad a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría nada, absolutamente nada. Entender en cambio que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como los otros nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía. Yo creía que daba más de lo que recibía y la enfermedad me descubrió que era mucho más lo que otros me daban que todo lo que yo jamás podría dar.
La enfermedad ha iluminado mi fe, pero he de añadir que si esto es así, mucho más la fe ha iluminado mi enfermedad”.

Juanjauregui.es