Evangelio y Comentario de hoy Domingo 01 de Junio 2014

Día litúrgico: Ascensión del Señor (A)
Texto del Evangelio (Mt 28,16-20): En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Comentario: Dr. Josef ARQUER (Berlin, Alemania)
Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra
Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.
San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: „«Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.

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Saber retirarse a tiempo

Domingo de la Ascensión

Saber retirarse a tiempo implica una gran sabiduría. Juan dijo: “conviene que yo mengue para que él crezca”. Jesús dijo: “conviene que yo me vaya”. La Ascensión de Jesús significa tomar conciencia de que su tiempo ha terminado y comienza el tiempo de la Iglesia.
La Ascensión significa saber retirarse a tiempo. Y retirarse a tiempo para que los discípulos crezcan. Para que los discípulos se maduren. Porque mientras El está entre ellos y con ellos, los discípulos viven como pollitos bajo las alas de la gallina.
Saber retirarse a tiempo implica una gran pedagogía.

A los mayores nos cuesta dejar paso a los jóvenes. La razón suele ser siempre la misma. “Todavía no están maduros”. Todavía no son responsables.
Los padres no saben retirarse a tiempo.
Creen que tienen que envejecer sin pasar las responsabilidades a los hijos.
Los maestros creen que sus alumnos todavía no saben lo que ellos saben.
Los sacerdotes no sabemos dar paso a los laicos.
No están preparados.
Y seguimos haciéndolo todo nosotros,
considerándolos a ellos como “menores de edad”.

Jesús es de los que supo retirarse a tiempo.
Tampoco los suyos estaban preparados.
Y el Evangelio lo reconoce. “Algunos vacilaban”.

Y sin embargo, Jesús se fue y los dejó:
Y les encomendó su propia tarea.
“Id y haced discípulos míos de todos los pueblos”.
No les pidió que primero se doctorasen.
Ni que hiciesen un “post grado”.

Así como estaban, con sus dudas en el alma.
Con sus dudas en el corazón.
Sin saber qué hacer ahora que quedaban solos.
No esperó a que madurasen.
También ellos aprenderían haciendo.
También ellos aprenderían equivocándose.

Uno siente que Jesús se fue y los dejó antes de tiempo.
Sin embargo nadie crece
viviendo siempre bajo la dependencia del otro.
Hay que saber soltarlos
y hay que saber independizarse a tiempo.

Bello ejemplo para la Iglesia.
La Iglesia y con ella los sacerdotes queremos seguir siendo las gallinas cluecas que no saben soltar a sus polluelos. Nosotros tenemos que ser quien habla, quien celebre, quien dirija los grupos, quien prepare la Eucaristía, quien se responsabilice de la acción social, quien lleve el botiquín, quien organice la procesión del santo.
Nosotros los responsables de la pastoral familiar, de la pastoral de enfermos, la pastoral misionera.
Nos creemos indispensables y no tenemos fe en nuestros fieles. Todo lo tenemos que vigilar y todo tiene que pasar por nuestras manos.
Así tenemos un Pueblo de Dios “eterno menor de edad”
porque no le dejamos crecer.
Tenemos a nuestros seglares “eternos inmaduros”
porque todo lo queremos hacer nosotros.
No nos fiamos de ellos.
Nosotros hacemos mejor las cosas que ellos.
Estamos más preparados que ellos.
Y así tenemos una Iglesia clerical
pero no una Iglesia laical.
Tenemos una Iglesia de sacerdotes,
pero no una Iglesia de seglares.
Una Iglesia de teólogos,
pero no de gente de la calle.

El problema no está en quién hace mejor las cosas
y quién está mejor preparado.
Sino en saber dar paso a los demás.
Saber dar paso a los que vienen por detrás.
¿Quien duda de que Jesús estaba mejor preparado para anunciar el Evangelio?
Pero Jesús supo retirarse a tiempo.
Era consciente de que todavía no estaban maduros.
Y sin embargo, supo confiar en ellos.
Ellos “todavía dudaban”.
Pero El seguía teniendo fe en ellos, confiaba en ellos.
“Id y haced discípulos míos, de todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”:
Aprender a retirarse y dejar sitio a los otros. Es la pedagogía de Dios. ¿Y por qué no será la pedagogía de la Iglesia?

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