Reflexion del Evangelio de hoy Domingo 23 de Septiembre







En la primera lectura, el libro de la Sabiduría nos dice que el que vive de acuerdo con su fe, constituye un reproche para el mundo que lo rodea y que no está dispuesto a cambiar. La "persecución" a los hijos de Dios es la respuesta de ese mundo.
Sin embargo, no tenemos que temer a quienes sólo pueden quitar la vida y no la convicción de contar  con un Dios que se ocupa de nosotros.  Quien sabe que la propia vida es un bien más pequeño que la fidelidad de Dios, afronta su propia muerte sin temer perderse para siempre. Semejante osadía puede irritar  sólo a los enemigos de Dios.

El pasaje del Evangelio de la misa de este domingo hay que situarlo hacia la mitad del ministerio público de Jesús. Tras predicar el Reino de Dios por las aldeas de Galilea, Jesús se toma un tiempo, camino de Jerusalén, para hablar a solas con sus discípulos y  anunciarles su trágica muerte y preanunciarles su inmediata resurrección.
Es revelador que Jesús, que solía hablar en parábolas cuando predicaba el Reino de Dios a la gente sencilla, prefiriese el lenguaje directo y concreto, cuando, hablando a quienes compartían su camino y su predicación, les adelantaba su final cruento y su victoria final.
Los discípulos no tenían que tener "duda" alguna sobre el destino de su Maestro. Quienes lo acompañaban de cerca debían saber hacia dónde los llevaba Jesús.
Y junto a esa claridad de Jesús, contrasta la actitud de los discípulos, que no atinaron a preguntarle nada sobre el anuncio que les estaba haciendo y que mientras Jesús pensaba en la Cruz y en los sufrimientos que le esperaban,  discutían  entre sí sobre los honores que alcanzar a costa de su Maestro.
¡Qué lejos estaban de Él, estando físicamente tan cerca!.
Como tantas otras veces, en aquellos discípulos estamos retratados también nosotros. Como ellos entonces, nosotros ahora, no logramos entender una enseñanza de Jesús que tenga la cruz “como contenido” ni comprendemos a un Maestro que camina a sabiendas a su propia destrucción.
Como a ellos entonces, nos preocupa más nuestra propia suerte que la suerte de nuestro Señor; y, mientras nos propone a nosotros el mismo camino por Él recorrido, seguimos, como los primeros discípulos, ilusionándonos con ocupar puestos que Él jamás obtuvo.
Los cristianos no entendemos a Cristo, porque no aceptamos de corazón que nos siga proponiendo un camino que "incluye la cruz".
Como así tampoco aceptamos los cristianos de hoy, que el modelo vivo del discípulo de Cristo sea "un niño", alguien que a los ojos de los hombres aparece el último. Al más débil nos muestra el Señor como el mejor modelo de discípulo suyo.
Los cristianos hoy, estamos en un mundo donde reina la prepotencia,  donde se busca "ser más", "llegar más lejos", no importa cuál sea el costo de eso; y probablemente sin casi darnos cuenta, nos esté pasando a nosotros también como a los discípulos que acompañaban a Jesús en Galilea, que no somos capaces de "entender", que Cristo nos propone "a nosotros", un modelo de vida diferente, un camino distinto.
No es fácil vivir a contracorriente, para eso hace falta coraje. Nosotros a diferencia de los discípulos que lo acompañaban en Galilea, sabemos que cuando se "entrega" la vida por los demás, esa "vida", se recupera para siempre,  por eso Jesús nos propone hoy a cada uno que nos dispongamos a "cambiar de vida", que nos dispongamos a seguirlo de la única forma que es digna de un verdadero discípulo del Señor.
El Señor nos pide que miremos nuestra vida y pensemos qué podemos cambiar nosotros hoy, para "darnos", como Él por los demás. Son muchas las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos y en nuestro corazón para "dar" y seguir al Señor por el camino de la cruz, es precisamente el ofrecer a los demás por ejemplo "una sonrisa", "algo de tiempo", "una palabra de aliento".
No es necesario que nos propongamos algo muy complicado, pero sí que nos esforcemos por cambiar "algo" concreto, para acercarnos a Él, dándonos a los demás, sirviendo a nuestros hermanos.
Pidamos a María, a ella que supo siempre ser digna discípula de Jesús, que nos ayude a identificarnos con Él y que no tengamos miedo al camino que nos propone que sabemos termina con la resurrección y la vida para siempre.