En
la primera lectura, el libro de la Sabiduría nos dice que el que vive
de acuerdo con su fe, constituye un reproche para el mundo que lo rodea y
que no está dispuesto a cambiar. La "persecución" a los hijos de Dios
es la respuesta de ese mundo.
Sin embargo, no tenemos que temer a quienes sólo pueden quitar la vida y no la convicción de contar con un Dios que se ocupa de nosotros. Quien
sabe que la propia vida es un bien más pequeño que la fidelidad de
Dios, afronta su propia muerte sin temer perderse para siempre.
Semejante osadía puede irritar sólo a los enemigos de Dios.
El
pasaje del Evangelio de la misa de este domingo hay que situarlo hacia
la mitad del ministerio público de Jesús. Tras predicar el Reino de Dios
por las aldeas de Galilea, Jesús se toma un tiempo, camino de
Jerusalén, para hablar a solas con sus discípulos y anunciarles su trágica muerte y preanunciarles su inmediata resurrección.
Es
revelador que Jesús, que solía hablar en parábolas cuando predicaba el
Reino de Dios a la gente sencilla, prefiriese el lenguaje directo y
concreto, cuando, hablando a quienes compartían su camino y su
predicación, les adelantaba su final cruento y su victoria final.
Los
discípulos no tenían que tener "duda" alguna sobre el destino de su
Maestro. Quienes lo acompañaban de cerca debían saber hacia dónde los
llevaba Jesús.
Y
junto a esa claridad de Jesús, contrasta la actitud de los discípulos,
que no atinaron a preguntarle nada sobre el anuncio que les estaba
haciendo y que mientras Jesús pensaba en la Cruz y en los sufrimientos
que le esperaban, discutían entre sí sobre los honores que alcanzar a costa de su Maestro.
¡Qué lejos estaban de Él, estando físicamente tan cerca!.
Como
tantas otras veces, en aquellos discípulos estamos retratados también
nosotros. Como ellos entonces, nosotros ahora, no logramos entender una
enseñanza de Jesús que tenga la cruz “como contenido” ni comprendemos a
un Maestro que camina a sabiendas a su propia destrucción.
Como
a ellos entonces, nos preocupa más nuestra propia suerte que la suerte
de nuestro Señor; y, mientras nos propone a nosotros el mismo camino por
Él recorrido, seguimos, como los primeros discípulos, ilusionándonos
con ocupar puestos que Él jamás obtuvo.
Los cristianos no entendemos a Cristo, porque no aceptamos de corazón que nos siga proponiendo un camino que "incluye la cruz".
Como
así tampoco aceptamos los cristianos de hoy, que el modelo vivo del
discípulo de Cristo sea "un niño", alguien que a los ojos de los hombres
aparece el último. Al más débil nos muestra el Señor como el mejor
modelo de discípulo suyo.
Los cristianos hoy, estamos en un mundo donde reina la prepotencia, donde
se busca "ser más", "llegar más lejos", no importa cuál sea el costo de
eso; y probablemente sin casi darnos cuenta, nos esté pasando a
nosotros también como a los discípulos que acompañaban a Jesús en
Galilea, que no somos capaces de "entender", que Cristo nos propone "a
nosotros", un modelo de vida diferente, un camino distinto.
No
es fácil vivir a contracorriente, para eso hace falta coraje. Nosotros a
diferencia de los discípulos que lo acompañaban en Galilea, sabemos que
cuando se "entrega" la vida por los demás, esa "vida", se recupera para
siempre, por eso Jesús nos propone hoy a cada uno que nos
dispongamos a "cambiar de vida", que nos dispongamos a seguirlo de la
única forma que es digna de un verdadero discípulo del Señor.
El
Señor nos pide que miremos nuestra vida y pensemos qué podemos cambiar
nosotros hoy, para "darnos", como Él por los demás. Son muchas las cosas
que Dios ha puesto en nuestras manos y en nuestro corazón para "dar" y
seguir al Señor por el camino de la cruz, es precisamente el ofrecer a
los demás por ejemplo "una sonrisa", "algo de tiempo", "una palabra de
aliento".
No
es necesario que nos propongamos algo muy complicado, pero sí que nos
esforcemos por cambiar "algo" concreto, para acercarnos a Él, dándonos a
los demás, sirviendo a nuestros hermanos.
Pidamos
a María, a ella que supo siempre ser digna discípula de Jesús, que nos
ayude a identificarnos con Él y que no tengamos miedo al camino que nos
propone que sabemos termina con la resurrección y la vida para siempre.
