En las dos semanas pasadas Jesús nos ha anunciado el difícil mensaje
de la Cruz. La fe vivida con coherencia implica la disposición a aceptar
persecuciones y, si llega el caso, al sacrificio de la propia vida.
Pero la disposición al martirio no debe convertirse en los creyentes en
victimismo, en cerrazón sectaria o en un rigorismo pronto a condenar a
los demás. Existe, en efecto, un rigorismo de la fe que puede llevar al
fanatismo, a la negación del distinto, a la disposición a acabar
violentamente con los “desviados”. Por desgracia, la historia ha sido
generosa en ejemplos de esta perversión de la experiencia religiosa, y
hoy mismo abundan los fundamentalismos, más prontos a matar que a dar la
vida, pese que algunos de estos matones se autodenominen “mártires”.
El Evangelio de Jesús es, por el contrario, un espíritu de apertura
que, sin renunciar a las propias convicciones religiosas y morales,
incluso estando dispuesto a dar la vida por ellas, sabe descubrir las
huellas del Dios en todo el mundo. Es esta apertura la que nos enseña
Jesús en el evangelio de hoy cuando, de modo similar a lo que hace
Moisés con Josué, corrige el exceso de celo de Juan: no se debe impedir a
otros hacer el bien en el nombre de Jesús, pues quien “no está contra
nosotros, está a favor nuestro”.
Es verdad que en otros momentos Jesús
parece expresar casi lo contrario, cuando afirma que “el que no está
conmigo está contra mí” (Mt 12, 30 y Lc 11, 23). Pero esa contradicción
es sólo aparente, pues la verdadera cuestión es en qué consiste “estar
con Jesús”. No se puede entender este “estar con Jesús” como una actitud
numantina, cerrada y a la defensiva, excluyente y agresiva con toda
forma de diversidad. Al contrario, desde la experiencia del encuentro
con Jesús y la confesión de él como el Cristo, el creyente sale de sí
hacia el mundo con un corazón nuevo y una mirada transfigurada para ver
las semillas del Verbo presentes en la creación, para, como nos exhorta
San Pablo, tener en cuenta “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de
justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto es virtud y cosa
digna de elogio” (Flp 4, 8), no para condenar al mundo, sino para que el
mundo se salve por Él (Jn 3, 17), para buscar y rescatar lo que estaba
perdido (cf. Lc 19, 10).
Así pues, la confesión del nombre de Jesús como el Mesías y el Salvador
del mundo en el altar de la Cruz produce un anuncio que no es una
conquista, una campaña para hacer prosélitos para el propio partido,
esto es, para la propia parcialidad, sino una proclamación de que el
bien y la verdad y la belleza, y todo lo que de positivo hay en el
mundo, tienen una raíz (un Creador) y también una meta (un Salvador) que
ha venido a visitarnos y con el que podemos encontrarnos. Es un anuncio
que no violenta ni impone su verdad, sino que la propone desde el
respeto a la libertad de cada uno y desde el reconocimiento de la bondad
presente en cada ser humano, en cada pueblo y cultura. Sólo desde esa
positividad se pueden y deben denunciar las formas de maldad presentes
también en el mundo, y que impiden una plenitud, que ahora es posible
precisamente porque la fuente del bien y la verdad se ha encarnado y
hecho cercano en Jesucristo. Este espíritu de apertura y diálogo, que no
impone sino que propone, ve en los otros no sólo “destinatarios” de la
misión, sino sobre todo “interlocutores” con los que Dios, por medio de
Jesús y de sus discípulos, quiere iniciar un diálogo. Porque sólo de
forma dialogal puede entenderse la revelación de un Dios que se nos ha
manifestado como Palabra que interpela nuestra libertad y nos llama a
una respuesta libre.
El verdadero espíritu cristiano acepta y afirma que el bien no es
patrimonio exclusivo de nadie. Ni tan siquiera Jesús lo pretende, a
tenor de su corrección a Juan. Jesús no deja que sus discípulos hagan de
él, el Maestro bueno, una propiedad privada. Pero no siendo patrimonio
exclusivo de nadie, no por eso deja de tener una fuente y una raíz: un
Dios (el único bueno), fuente de todo bien y Padre suyo. Los cristianos
tenemos que hacer nuestra la apertura universal (católica) de Jesús,
renunciando a poseerlo, pero siendo radicales en la pertenencia a su
persona, tratando de vivir como él vivió.
Esta pertenencia radical a Jesucristo, que se abre sin límites al bien
presente por doquier, es lo que nos hace entender la aparente
intransigencia con toda forma de mal que el mismo Jesús nos propone en
la segunda parte del evangelio de hoy. El contraste puede sorprendernos,
pero no debe hacerlo, pues la pertenencia radical a Cristo nos debe
llevar a romper con toda forma de mal, aunque ello nos parezca a veces,
desde la lógica de este mundo, una pérdida dolorosa. Así es como deben
entenderse las llamadas a perder un ojo, una mano o un pie. Porque la
confesión de Jesús como el Cristo es la experiencia positiva del Bien
que nos viene al encuentro con rostro humano y que quiere alcanzar a
todos (apertura dialogal y universal), precisamente por eso hay que ser
intransigente con el mal, que es un espíritu de cerrazón y de exclusión.
El que está dispuesto a dar la vida por el Bien y la Justicia, por la
fe en Jesucristo y en Dios Padre, ese tiene que renunciar (a veces con
dolor) a falsas promesas de vida y felicidad que se alcanzan a costa del
bien de los demás (el escándalo de los pequeños y la explotación de los
pobres que denuncia Santiago), y, en realidad, a costa del propio y
verdadero bien: el Reino de Dios en el que merece la pena entrar tuerto o
manco o cojo.
Frente al fanatismo intransigente del que está dispuesto a matar al que
considera “infiel”, incluso llegando al extremo de morir matando, el
seguidor de Jesús se caracteriza por la radicalidad del que está
dispuesto a dar la vida por lo que cree, con el ánimo sereno de morir
sin matar.