LECTURAS DEL MARTES XIII DEL T. ORDINARIO 4 DE JULIO NUESTRA SEÑORA DEL REFUGIO MEMORIA (BLANCO)
"¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?"
ANTÍFONA DE ENTRADA
Dichosa
eres tú, santísima Virgen María, y digna de toda alabanza, porque de ti
brotó el sol de justicia, Jesucristo, nuestro Señor, por quien fuimos
salvados y redimidos.
ORACIÓN COLECTA
Dios
todopoderoso y eterno, que has constituido a la santísima Virgen María
como refugio y auxilio de los pecadores, concédenos su poderosa ayuda,
para que, arrepentidos de nuestros pecados, alcancemos de tu
misericordia la eterna felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por
los siglos de los siglos.
LITURGIA DE LA PALABRA
El Señor hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra.
Del libro del Génesis 19, 15-29
Aquel
día, al rayar el alba, los ángeles apresuraban a Lot diciéndole:
"Vamos; toma a tu esposa y a tus dos hijas, para que no perezcas a causa
de los pecados de Sodoma".
Como
Lot no se decidía, los tomaron de la mano a él, a su mujer y a sus dos
hijas, los sacaron de su casa y los condujeron fuera de la ciudad,
porque el Señor los perdonaba. Cuando estaban fuera, uno de los ángeles
le dijo:
"Ponte a salvo, no mires hacia atrás, no te detengas en el valle; ponte a salvo en los montes para que no perezcas".
Lot
le respondió: "No, te lo ruego. Tú me has favorecido a mí, tratándome
con gran misericordia al salvarme la vida; pero yo no podré sobrevivir
en los montes, pues la desgracia me alcanzaría ahí y moriría. Mira, aquí
cerca hay una ciudad pequeña, en donde puedo refugiarme y salvar la
vida. ¿Verdad que es pequeña y puedo vivir en ella?"
El
ángel le contestó: "Accedo a lo que me pides, no arrasaré esa ciudad
que dices. Aprisa, ponte a salvo, pues no puedo hacer nada hasta que
llegues allá". Por eso la ciudad se llamó Soar. El sol salía cuando Lot
llegó a Soar.
El
Señor hizo llover desde el cielo azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra.
Arrasó aquellas ciudades y todo el valle, con los habitantes de las
ciudades y la hierba del campo. La mujer de Lot miró hacia atrás y se
convirtió en estatua de sal.
Abraham
se levantó de mañana y se dirigió al sitio donde había estado con el
Señor. Miró en dirección de Sodoma y Gomorra toda la extensión del
valle, y vio una gran humareda que salía del suelo, como el humo de un
horno.
Así,
cuando el Señor destruyó las ciudades del valle y arrasó las ciudades
en las que Lot había vivido, se acordó de Abraham y libró a Lot de la
catástrofe.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Del salmo 25
R/. Ten compasión de mí, Señor.
Examíname,
Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón, porque tengo
tu bondad ante mis ojos y camino en tu verdad. R/.
No
me trates como a los pecadores ni me castigues como a los sanguinarios,
que en sus manos llevan infamias y las tienen llenas de sobornos. R/.
Yo,
en cambio, camino en la integridad; sálvame y ten compasión de mí. Mi
pie se mantiene en el camino recto, en la asamblea bendeciré al Señor.
R/.
ACLAMACIÓN Sal 129, 5
R/. Aleluya, aleluya.
Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra. R/.
Dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.
Del santo Evangelio según san Mateo 8, 23-27
En
aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De
pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas
cubrían la barca; pero Él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron,
diciéndole: "Señor, ¡sálvanos, que perecemos!"
Él
les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?" Entonces se
levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino
una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: "¿Quién es
éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?"
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Mira,
Señor, las oraciones y las ofrendas que tus fieles te presentan al
conmemorar a santa María, Madre de Dios; haz que te sean agradables y
nos alcancen el auxilio de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Lc 1, 48
El Señor puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
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Jesús subió a la barca. Aunque la barca pueda tener su simbolismo en el Evangelio, en primer lugar es una barca, el «lugar» donde habitualmente están los pescadores, una parte importante de su vida cotidiana. Le gusta a Jesús estar donde está la gente, y compartir con ellos su tiempo, sus preocupaciones, incluso sus riesgos. Otras veces andará entre los campos, con los sembradores, o se sentará a ver cómo una mujer prepara el pan, o barre su casa...
Podríamos decir hoy: Jesús se metió en la fábrica, en el sindicato, se subió al avión, se dio un paseo por los astilleros, se sentó a charlar con los jóvenes que estaban de botellón, se metió en un campamento de refugiados, se acercó a la orilla donde llegan las pateras, se dio una vuelta por la salida del colegio cuando terminaban las clases, se fue a tomar unas cañas con unos abuelos, se puso de conversación con un grupo de gays...
Es curioso que no dice el Evangelio que se fuera a acompañar a los discípulos cuando iban de pesca, sino que son los discípulos los que le siguen a él. Es Jesús quien ha decidido «meterse» en la barca. Y ellos le siguen. Esta palabra «seguimiento» es importante en todo el Evangelio, y en particular aquí, después de que Jesús ha hecho algunas llamadas y ha explicado a sus «seguidores» en qué consiste esto de «seguirle». Y parece que Jesús quisiera hacerles caer en la cuenta de que tienen que ir con él a donde suele estar la gente. O si se prefiere: los discípulos son aquellos que siguen a Jesús a donde a él le gusta meterse: en la vida cotidiana y en los lagos/lugares «difíciles». ¿Y qué le pasa al que sigue a Jesús «así»?
De pronto se levanta una tempestad, se alborota el mar. Decía Rilke: "nunca estamos del todo en nuestra casa en este mundo que creemos haber dominado". ¡La tempestad es compañía obligada de la travesía humana! Pero lo es mucho más de la pequeña comunidad cristiana, del discípulo. Porque cuando uno se mete en ciertos «lagos», lo normal es que pueda «salpicarte» en mayor o menor medida. Quien frecuenta ciertas compañías, se arriesga a tener problemas: los mismos que tienen muchos hermanos todos los días. No: ser discípulo detrás de Jesús no es nada fácil.
Y aparece el miedo: ¿y ahora qué? ¿quién nos mandaría embarcarnos, con lo bien que se estaba en la orilla? El miedo parece ser la reacción «normal» de los discípulos, y la sensación de que «esto se hunde». Recuerdo una canción de Ismael Serrano:
Vio y sintió la noche del planeta y su desastre,
tuvo miedo y decidió no salir a la calle.
Y ahí lo tienes encerrado en casa,
temblando como un niño,
sellando las ventanas,
para no ver, ni escuchar,
sentir, notar la vida estallando fuera.
No querer saber de las «noches», no querer salir a la calle, encerrarse en el pequeño grupo, ponerse a la defensiva, sellar puertas y ventanas para no ver, ni escuchar, ni sentir... nos ha hecho siempre mucho daño a la Iglesia. Cuánta falta nos hacen los Juan XIII abriendo puertas y ventanas para que entre la luz y el aire fresco... y cuánto nos sobran los que se empeñan en poner cerrojos, contraventanas, trancas y demás para evitar que nos molesten los temporales.
Ante semejante tentación, viene el reproche de Jesús: ¡Qué cobardes, y desconfiados sois! Precisamente porque lo que distingue al discípulo de Jesús y su vida difícil del resto de los hombres es la fe que les permite la valentía y la confianza en medio de la tormenta, aunque parezca que el Señor está dormido y que no hace nada. El discípulo gritará su oración: ¡Señor, sálvanos! Y cuando a él le parezca, llegará la calma perfecta. En todo caso, después de aquel terremoto del Gólgota (Mt 27, 50), el discípulo sabe que está salvado. Por eso el miedo, la cobardía, el quedarse «seguros» en la orilla, el creer que «esto se hunde» o que no tiene salida... no es sino desconfianza, falta de fe
Ciudad Redonda